La coca y la sardina

Si la tristeza asoma su hocico, ponerte a comer no es la mejor solución, porque siempre puedes caer en la ingestión compulsiva de alimentos. Si a la tristeza le sumas el haber dejado de fumar, la compulsión se multiplica por cien o mil, o qué sé yo, pero lo único en lo que piensas es en comer y fumar, no siempre en ese orden, como única manera de ahogar tu pena. Ahogarla literalmente, bien con humo o aplastada por kilos de comida. Pero eso no impide alguna que otra visita a los bares, para comprobar, más que nada, que cuando uno deja de fumar vuelve el sentido del gusto, y, sobre todo,  porque cuando una se pone con la rutina, deja a un lado aquello que le gusta hacer y lo cambia por las obligaciones, en mi caso correcciones, papeleos, exámenes, libretas, … Pero hoy he decidido volver a las andadas y hacer un poco de intrusismo, retomando mis historias de restaurantes. El máster en crítica culinaria, pues todo se andará.

Hay alimentos con los que podría alimentarme eternamente: los lomos de salmón ahumado del Mercadona, la costra de queso fundido que se forma en los macarrones gratinados, el chocolate al 70%, la morcilla asturiana, las naranjas de la huerta y otras tantas cosas más. Uno de esos alimentos que me dejo en el tintero es la coca de pimentón con sardina marinada y un picadillo de aceitunas, coronada con una espuma de Bloody Mary . Espléndido. El otro día me pedí dos, pero podía haber comido a base de sardinas marinadas si no fuese porque el resto de tapas de La Tapadera merecen tanto la pena que hice un esfuerzo y accedí a comer otra cosa que la coca. Por aquí os dejo un enlace que he encontrado esta tarde en El Comidista sobre sardinas marinadas.

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La bendita coca


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Plano detalle de la elegante sardina


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Lingote de pato empalomitado

¿Y qué pedimos? Pues de todo lo que nuestro estómago pudo albergar. En la carta que te dan puedes ver las tapas agrupadas por precios, todas ellas súper cuidadas, tanto en presentación como en sabor.  Para empezar, la coca al pimentón con sardina, que no voy a halagarla más, porque ha quedado bien claro que está buenísima. Después tomamos lingote de pato envuelto en palomitas (empalomitado podría decirse) con su carne estofada bien sabrosona. Ahora que pienso en él, se me hace la boca agua a pesar de haber cenado.

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La tosta con bacon

Continuamos con una tosta de pan ecológico con bacon, cebolla caramelizada y queso de cabra, un clásico en mi estómago, porque esa combinación me chifla hasta morir. Aquí está buenísimo, porque el pan está bien torradico, la cebolla pochada y el bacon tostado. Mmm.

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IMG-20150930-WA0007Y también nos liamos la manta a la cabeza y pedimos una tabla de quesos de La lechera de Burdeos, de esos pestosos que huelen a coliflor hervida, que estaban ricos, uno francés, otro italiano y otro catalán, acompañados de una cestita monísima hecha de trapillo azul llena de pan tostado casero crujiente. Esto acompañado de una buena caña fresca. ¿Qué más se le puede pedir a la vida? Pues cerrar el círculo con otra coca y otro lingote.

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El clásico de las tapas: la croqueta

También cayó una croqueta.

El local es muy chulo, sencillo, todo en tonos crema y un azul o verde, dependiendo del ojo que lo mire, con mucho encanto. Está muy bien de precio, en cuanto a la relación con la calidad del producto que ofrece.Podríamos decir de precio medio, entre 15 ó 20 euros por persona.

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La verdad es que las penas, irse, no se fueron, pero el tiempo que duró la comida se quedaron, tapadas, como en segundo plano. Y eso de que tienes más sabor por dejar de fumar, leyendas urbanas, oiga.

Gracias, Negativo en Sepia, por tus fotos.

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Los Pachequitos (Murcia)

Cuando la crisis llegó y los constructores dejaron de hacer avisperos, ahora vacíos, a lo largo de las avenidas, quedó en Murcia un paisaje singular, donde se entremezclan las casas de huerta, acequias, merenderos, moles gigantes a todo confort, con piscina, pistas de pádel y preinstalación de aire acondicionado. Dos consecuencias de la construcción salvaje es la unión de las pedanías con la ciudad, en una sucesión de bloques, casi todos vacíos, y la resistencia de ciertos bares o merenderos que acabaron anclados en medio de esta vorágine. El merendero que está en el carril de la Almazara, en Cabezo de Torres, La lechuza, casi enfrente de Juan de Borbón, son algunos de los lugares pintorescos que fueron atrapados por el hormigón.

Otro es el de Los Pachequitos,  un bar que se encuentra en la entrada de la pedanía murciana de Churra y rodeado de supermercados, concesionarios y rotondas. La carne a la brasa, pollo y cordero,  es su especialidad, acompañada de patatas asadas con un buen alioli para untar. Y los fritos típicos murcianos como caballitos, tigres, croquetas, y un largo etcétera de lo empanado.

Allí cenamos anoche, gracias a los camareros que nos montaron una mesa en un santiamén, para que no nos quedáramos sin cenar.

Nos pedimos para beber un par de litros de cerveza, Estrella de Levante, por supuesto, estamos en la zona. Me gustan los sitios que te ponen el litro de cerveza y se dejan el rollo de las jarras, que a mí me mosquean bastante, porque no sabes cuánto hay de espuma y cuánto de líquido.

Una vez el gaznate fresco y pedidos los platos, éstos llegaron con una rapidez pasmosa, uno detrás de otro y en un segundo teníamos la mesa llena de comida. Para comer algo de verde, pedimos un tomate partío con olivas (tomate que sabía a tomate), con un buen chorrico de aceite para mojetear después y  una pizca de sal. Buenísimo. Después llegaron los calamares a la romana, muy bien hechos y un platico de queso y jamón recién cortado de la pata. Esto fue el aperitivo.

Y llegó el plato fuerte: dos platos de cordero y pollo a la brasa, churruscaitos, pero que no sabían a mechero, muy buenos, con el acompañamiento ya mencionado. El cordero estaba rico, con la grasa crujiente y el pollo me dijeron que también (no soy muy amante del pollo a la brasa).

Cuando dimos buena cuenta de la cena, intentamos pagar, pero parecía que nos querían invitar, porque no había manera de que nos trajeran la cuenta. Estuvimos esperando un buen rato hasta que llegó, y nos quedamos sorprendidos de lo barato que fue, ya que tocamos a 12 euros por cabeza, después de todo lo que habíamos comido. Lo único que no mola es que te digan la cuenta de viva voz, sin un ticket de por medio, pero ya que fue tan barato, decidimos no seguir indagando, por si acaso.

Como no pensaba escribir sobre la cena de anoche, solo tengo fotos de los platos vacíos, pero la vajilla era encantadora, de las de antes, y todo servido con un aire familiar y cotidiano, que parecía que mi abuela iba a salir  de la cocina de la casa de la huerta en cualquier momento. ¡Qué recuerdos!

Fotografías y título: Negativo en sepia

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