Los Pachequitos (Murcia)

Cuando la crisis llegó y los constructores dejaron de hacer avisperos, ahora vacíos, a lo largo de las avenidas, quedó en Murcia un paisaje singular, donde se entremezclan las casas de huerta, acequias, merenderos, moles gigantes a todo confort, con piscina, pistas de pádel y preinstalación de aire acondicionado. Dos consecuencias de la construcción salvaje es la unión de las pedanías con la ciudad, en una sucesión de bloques, casi todos vacíos, y la resistencia de ciertos bares o merenderos que acabaron anclados en medio de esta vorágine. El merendero que está en el carril de la Almazara, en Cabezo de Torres, La lechuza, casi enfrente de Juan de Borbón, son algunos de los lugares pintorescos que fueron atrapados por el hormigón.

Otro es el de Los Pachequitos,  un bar que se encuentra en la entrada de la pedanía murciana de Churra y rodeado de supermercados, concesionarios y rotondas. La carne a la brasa, pollo y cordero,  es su especialidad, acompañada de patatas asadas con un buen alioli para untar. Y los fritos típicos murcianos como caballitos, tigres, croquetas, y un largo etcétera de lo empanado.

Allí cenamos anoche, gracias a los camareros que nos montaron una mesa en un santiamén, para que no nos quedáramos sin cenar.

Nos pedimos para beber un par de litros de cerveza, Estrella de Levante, por supuesto, estamos en la zona. Me gustan los sitios que te ponen el litro de cerveza y se dejan el rollo de las jarras, que a mí me mosquean bastante, porque no sabes cuánto hay de espuma y cuánto de líquido.

Una vez el gaznate fresco y pedidos los platos, éstos llegaron con una rapidez pasmosa, uno detrás de otro y en un segundo teníamos la mesa llena de comida. Para comer algo de verde, pedimos un tomate partío con olivas (tomate que sabía a tomate), con un buen chorrico de aceite para mojetear después y  una pizca de sal. Buenísimo. Después llegaron los calamares a la romana, muy bien hechos y un platico de queso y jamón recién cortado de la pata. Esto fue el aperitivo.

Y llegó el plato fuerte: dos platos de cordero y pollo a la brasa, churruscaitos, pero que no sabían a mechero, muy buenos, con el acompañamiento ya mencionado. El cordero estaba rico, con la grasa crujiente y el pollo me dijeron que también (no soy muy amante del pollo a la brasa).

Cuando dimos buena cuenta de la cena, intentamos pagar, pero parecía que nos querían invitar, porque no había manera de que nos trajeran la cuenta. Estuvimos esperando un buen rato hasta que llegó, y nos quedamos sorprendidos de lo barato que fue, ya que tocamos a 12 euros por cabeza, después de todo lo que habíamos comido. Lo único que no mola es que te digan la cuenta de viva voz, sin un ticket de por medio, pero ya que fue tan barato, decidimos no seguir indagando, por si acaso.

Como no pensaba escribir sobre la cena de anoche, solo tengo fotos de los platos vacíos, pero la vajilla era encantadora, de las de antes, y todo servido con un aire familiar y cotidiano, que parecía que mi abuela iba a salir  de la cocina de la casa de la huerta en cualquier momento. ¡Qué recuerdos!

Fotografías y título: Negativo en sepia

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