Gurugú de la Plazuela (Sigüenza)

FOTOGRAFÍA: Negativo en Sepia

Sigüenza era el siguiente alto en el camino de aquel viaje de Semana Santa. Una pequeña localidad a la que se llega desde Alcolea del Pinar por la CM-110, y ya sea por su situación en cuanto a carreteras se refiere o vaya usted a saber el porqué, la Ciudad del Doncel no es una ciudad “turistificada” y todavía tiene el encanto de los lugares que no han sido explotados.

Pensando que iba a estar ocupadísimo todo por ser fecha sacra, pudimos reservar en el mismo centro de la ciudad, a escasos metros del castillo y de la catedral, en una hospedería, Puerta Coeli se llama, muy recomendable por la amabilidad del personal y por los buenos precios.

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Vista desde la hospedería

La noche anterior habíamos cenado en un sitio de tapas que “ni fu ni fa” y la presente no queríamos que nos ocurriese lo mismo. Así pues, en nuestra búsqueda continua de locales diferentes y con productos finales que nos sorprendan, encontramos un sitio incomparable y creo que no existe sitio igual a lo largo de la geografía española y dudo que con mis palabras vaya hacerle justicia.

El Gurugú de la Plazuela es una taberna indefinible. Por lo pronto tiene mucha historia: situada en una casona típica del siglo XV, se decía que en ella vivía el verdugo de la ciudad, ya que estaba muy cerca de la cárcel. En 1649 se tiene constancia de la primera taberna, de Velasco, y desde entonces, hasta ahora, ha pasado por muchas manos, quedando finalmente bajo el mando de Alberto y de Belén, que sienten pasión por la cocina, la cultura, la historia y los perros a partes iguales. Y unas ganas enormes de hacer sentir feliz al personal que se deja caer por allí, como bien resume su lema: “calidad y calidez”. (Fuente: web)

Tiene una decoración muy particular, lleno de cosas que tienen su historia para dueños y gentes que lo frecuentan, y nada de lo que allí se encuentra está elegido al azar. Ciro es la mascota del Gurugú, y lo encontraréis en cualquier forma de expresión artística, un perrete muy bonico que se abrió un hueco en el corazón de los lugareños y representa los ideales de la taberna. Por eso tiene de particular que dejan entrar a perros buenos.

La noche que acabamos en esta taberna tan particular veníamos de pasar una jornada por la Castilla vecina y andábamos un poco cansadas, por lo que fuimos temprano a cenar. Quizá por esa razón pudimos coger un sitio en la barra. Las mesas estaban reservadas y los turnos de cenas ocupados (hay que reservar con antelación, ya que abre de jueves a domingo por la mañana). Pero como nos gusta estar en la barra más que a los periquitos, pues nos vino de mil amores, porque la interacción con los dueños fue más estrecha y pudimos preguntarle sin pudor todo lo que se nos pasaba por la cabeza. Y nos permitió participar en el fabuloso juego “Adivina qué ingredientes lleva”, en el que nos quedamos a uno de acertar, por cierto.

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Después de sentarnos en la barra y que el propietario nos explicase todos los productos que aparecían en la carta con mucho detalle, podríamos decir que se divide en varias partes: tiene una parte dedicada a la cocina medieval, muy cuidadosamente documentada gracias a  los dueños y a personas que desinteresadamente colaboran, y que para mí, es lo mejor de este sitio. Otra parte está dedicada a las setas y hongos, de muchas variedades, preparadas en forma de revuelto o cata. Y una última parte en el que tiene cocina moderna y clásica, interpretada al estilo del Gurugú.

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Mira la presentación de los pinchos medievales “Las delicias del juglar”

Elegimos, siguiendo los consejos del maestro tabernero, tres tapas medievales, el rabo de toro y el postre del peregrino, acompañado de unas cañas y una copa de vino de la zona.

  • El maravedí del obispo Barroso. Esta es la primera tapa medieval que probamos. El conjunto de la tapa y la explicación del dueño fue sensacional. Es una galleta en forma de maravedí, como su nombre indica, acuñada, y rellena de una pasta de boletus.
  • La delicia del juglar II: el regreso del juglar. Todo ingredientes medievales y especiado (no contemos con aquellos que se introdujeron después de 1492).IMG-20160527-WA0005
  • El manjar del Mío Cid, con el que jugamos a adivinar cuáles eran los ingredientes que lo componían.IMG-20160527-WA0006
  • El rabo de toro al vino en salsa de verduras, acompañado de arroz al vapor.IMG-20160527-WA0007
  • El postre del peregrino, donde también jugamos a adivinar los ingredientes que se habían utilizado para su elaboración
  • Para cerrar la cena, unos vasitos de limonada, receta seguntina.IMG-20160527-WA0010

La cena fue inolvidable, ya sea por la atención que nos brindaron los dueños, por el local, mágico, y por la actuación del juglar. Si pasáis por Sigüenza, haced un alto en el camino y pasad por el sitio, porque no existe otro igual, en el que se aúne historia, cultura, buena comida y ganas de hacer las cosas muy bien. Un sitio para ir y volver, una y otra vez.

El Gurugú de la Plazuela: Travesaña alta, 17 (junto a Plazuela de la Cárcel). Sigüenza

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La Fragua (Casas-Ibáñez)

Fotos: Negativo en Sepia

Últimamente La Mancha acude a nuestros pensamientos cuando de un viaje se trata. Hasta hace unos meses era de paso, parabas para descansar de algún viaje que ibas o venías de Madrid, y con la excusa de parar veías alguna ciudad o pueblo. Pero después del viaje a Guadalajara le hemos tomado el gustillo a esta tierra de molinos y gigantes y allá que nos fuimos a pasar este fin de semana. El lugar elegido fue Alcalá del Júcar, aunque dormir, dormimos en Casas-Ibáñez, un pueblo al que se llega por la N-322 que pasa por Fuentealbilla en dirección a Requena, cuyos arcenes salpicados de amapolas alegran la vista mientras ves las líneas discontinuas correr.

La noche antes de salir nos informamos en alguna web de los restaurantes que había en Casas- Ibáñez, y encontramos La Fragua, una tienda-degustación, donde daban comidas y cenas y podías comprar aquello que comías. Lo buenos es que no tiene horario comercial, sino de hostelería.

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Allí cenamos de maravilla. Lo llevan unas chicas, la mar de simpáticas, que tienen un local decorado muy bonito, y han dejado a la vista las antiguas colañas que destacan sobre el techo blanco. Es muy amplio, con un salón,  una terraza en su interior en la que en verano se tiene que estar muy al fresco y unas mesitas en la calle.

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En la carta encontraremos productos autóctonos y foráneos. Podéis disfrutar del “latilleo”, como le llaman en la carta a picotear de latas de conserva, quesos, embutidos, montaditos (que son tipo tosta) y tomate partío con ventresca y demás salazones.

Después de echar un ojo a la carta y a la pizarra que tenían con cosillas extra, nos decidimos por:

– Una tabla de quesos de la tierra, con queso viejo, curado, al romero y en aceite, y como no, estaban rebuenos.

– Unas marineras también, con una ensaladilla muy rica, con el punto justo de variantes.

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– Le siguieron una tabla de embutidos ibéricos (muy recomendable) y unos montaditos, uno clásico de bacon y queso, y otro “a la carta”, con jamón ibérico y queso en aceite. Una delicatessen oiga.

Y todo este festín lo regamos con unos cuanto tercios bien fríos, que hace que la comida sepa mejor. Lo suyo hubiese sido pedir una copita de vino, pero no soy muy vinatera yo, prefiero el alpiste de malta o cebada. Y nos salió muy bien de precio.

 

Nuestros estómagos quedaron muy satisfechos después de la pitanza de calidad y nos fuimos a dormir, que al día siguiente quedaba mucho por hacer.

LA FRAGUA  : C/Tercia, 63   Casas-Ibáñez