Viagem (culinario) a Portugal

 

Este año decidimos pasar el fin de año en Portugal. Me sorprendió gratamente, tanto por su ritmo de vida, tranquilo y pausado, que casa perfectamente con mi forma de vida ideal, como por su gastronomía, tan rica como sorprendente, de mar y tierra.  Tuvimos la ocasión de probar tanto la comida autóctona como la de otros países que habían sido colonia portuguesa.

En Lisboa:

Terras Gerais –>Después de reciclar algunas entradas y estar sin actualizar por culpa de mi compañía telefónica, hago una pequeña reseña desde el corazón de la ciudad lusa. Buscando con prisas un lugar para comer, hemos encontrado este pequeño y acogedor restaurante de tradición brasileña mineira.Una sopa de mandioca, pan de queso y ajo, yuca con queso, feijoada y vaca atolada ha sido nuestro menú. Y no podía faltar un brigadeiro de postre. Nos ha salido por  14 euros por persona. El dueño,muy simpático,se ha despedido plantándonos un para de besos a cada uno. Muito obrigado!    Calçada Santana, 70. Lisboa

Manteigaira –> Unos pasteis de nata riquísimos, con un suave toque a canela y cremosos y tostaditos.  Rua do Loreto, 2. Lisboa.

Pasteis de nata

Restaurante Mili –> Unos pescados muy bien cocinados y un arroz al curry rico. Fusión comida india y portuguesa. Te dicen que comentes en TripAdvisor :).  Calçada de Santana, 41. Lisboa.



Roda viva. Restaurante moçambicano –> En Alfama está este restaurante coqueto regentado por un chico la mar de simpático y donde comimos platillos típicos mozambiqueños muy curiosos. Beco do Mexias, 11.

 





Time Out Market –> Este antiguo mercado ha sido reconvertido en gastromercado por Time Out. Un montón de puestos dulces, salados, veganos, sin gluten, carne, pescado, nuevas tendencias,… Para todos los gustos. Mercado da Ribeira. Avda. 24 de Julho.   


En Sintra:

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Casa Piriquita –> Unas queijadas que te mueres de buenas, hechas con mucho amor y saboooor. Contundentes y densas, recordad que no se parecen en nada a los pasteis de nata. También tienen otros dulces ricos.  Rua Padaria, 1. 

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Queijadas

En Coimbra:

A Cozinha da Maria –> Allí cenamos un guiso llamado chafana, hecho con carne de cabra y vino, que nos resucitó después del frío que pasamos paseando. Además cayó un naco de porco, carne de cerdo asada, acompañada de patatas. Para terminar, una tarta de almendras, la mejor que he probado jamás!. Rua das Azeiteiras, 5.

En Oporto:

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Casa portuguesa do pastel de bacalhau –> Hacen unos pasteles tipo croqueta, muy cremosos y muy buenos. Si te tomas un par de estos y una cerveza, has cenado. No tiene sitio para sentarse, hay que comérselo de pie.

Bar Primor–> No recuerdo su nombre, no sé si se llamaba Primor, pero hacían una francesinha que estaba riquísima y un bacalhau a bras buenísimo. Allí comimos el día de Nochevieja, y nos llenamos tanto que no pudimos cenar 🙂 . Rua San Ildefonso, 288.

 

 

Y brindando con un vaso de oporto acaba nuestro viaje por tierras portuguesas.

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Bom apetite !

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La ternasca (Zaragoza)

FOTOGRAFÍAS: Negativo En Sepia

La ternasca –>Calle Estébanes, 9, 50003 Zaragoza

Precio: sobre los 15-20 euros

 

El Tubo de Zaragoza es un viaje rápido por las tapas y raciones que puede ofrecer la gastronomía española en general y la aragonesa en particular. A ambos lados de las calles que conforman la zona se intercalan graffitis, terrazas, bares y hasta un cabaret ibérico. La cocina tradicional se mezcla con platos llegados de diferentes lugares del mundo. Por eso te puedes encontrar un tataki de atún, con una madeja de ternasco a la brasa o un cebiche (o un sushi de ternasco), todo en una misma carta. Eso lo puedes engullir en el sitio que cenamos la última noche de nuestro viaje: La ternasca. Con unas mesitas fuera forradas de césped artificial y decoradas con ovejas, la cena se antoja de maravilla.

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href=”https://losbocadosefimeros.files.wordpress.com/2015/08/image19.jpg”> Oveja, caña y césped[/c

En el interior, la gente se mueve de un lado a otro buscando las tapas expuestas como si de un museo se tratase, y un bullicio constante alegra el ambiente. Lo típico de allí, el ternasco de Aragón, con denominación de origen, que genera tantos platos como se pueda imaginar, típicos o de fusión, y si no échenle un vistazo a la carta, que se van a quedar ojipláticos y con la boca hecha agua.
A partir de aquí, absténganse vegetarianos y veganos. Comenzamos jugando con unos churrasquitos de ternasco, una croqueta de jamón gigantesca y unos chorizos sobre un pan tostado de esos que amenazan tormenta, pero que merecen la pena. La partida no se puede jugar sin unas cañas bien fresquitas, las que te recorren el gaznate y mientras le vas dando gracias al inventor del serpentín.

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https://losbocadosefimeros.files.wordpress.com/2015/08/image17.jpg”> Churrasquitos de ternasco[/captio
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ttps://losbocadosefimeros.files.wordpress.com/2015/08/image16.jpg”> Croquetón de jamón

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ps://losbocadosefimeros.files.wordpress.com/2015/08/image13.jpg”> Choricicos que barruntan tormenta

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Una vez damos cuenta de estos manjares, apostamos un poco más y nos decantamos por unos morros y una madeja de ternasco a la brasa. Esto último lo había visto muchas veces en el híper, pero, aunque soy una enamorada de las cosas rarunas, nunca me había atrevido a comprarlo. Los morros, están muy buenos, diferentes a los que había probado en la calle Laurel de Logroño y a los que probaría en Teruel. Y la madeja, está buena, pero quizá nuestra cota de grasa ese día ya está copada, y no lo disfrutamos igual que si lo hubiésemos comido al principio. No es nada caro, y relación calidad-precio, estupenda: cuatro bebidas, tres chorizos, un croquetón y los churrasquitos, 18 euros más o menos.

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Morricos

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osbocadosefimeros.files.wordpress.com/2015/08/image21.jpg”> Madeja con pan-tomate[/caption]

También quiero hacer una mención especial a los champiñones que comemos en El champi, un bar archiconocido en Zaragoza, donde sirven únicamente champiñones al ajillo con una gambita en la cúspide de esa montaña de hongos. La cerveza, artesanal, y muy fría, la sirven en unos botes de diferente procedencia, que junto a la tapa, ponen el toque original al sitio. El sitio no es caro, ya que tapa y cerveza no debe llegar a los 5 euros, pero no lo recuerdo muy bien.

cadosefimeros.files.wordpress.com/2015/08/img_0125.jpg”> Champis

 La cerveza en su tarrito y servilletero en El Champi

 

El viaje culinario por estas calles se completa con un viaje artístico a través de los graffitis que puedes encontrar a lo largo del Tubo, testigos mudos del ir y venir incesante de gente que se arremolina en las puertas y terrazas de los bares “tuberos”.

 

Galette, je t’aime! (Au pe’tit dolmen, Biarritz)

imageFOTOGRAFÍA: Negativo En Sepia

Au p’tit dolmen –>3 Avenue du Maréchal Foch, 64200 Biarritz, Francia

Formule menu midi –> 9,90 €

 

Biarritz se pavonea a lo lejos bañada en un mar de sol que le da a todo un color blanquecino. Esta ciudad que fue  antaño pueblo de pescadores balleneros, más tarde se convirtió lugar trendy entre la burguesía francesa y española, con sus balnearios y playas. Impresiona su arquitectura blanca mirando al mar y su costa rocosa salpicada de verde.
Hace calor, y la gente se agolpa en la playa, llena, para poder disfrutar de un trocito de arena donde poner el pareo y dorarse vuelta y vuelta.

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Nosotros paseamos buscando un restaurante para comer, angustiados porque se acerca la una y media, y en Francia ya se sabe el problema que tenemos los españoles y la hora, que no casamos. Pero una crepería bretona nos salva de tener que comprar unos sandwiches prefabricados, que saben a bocadillo de plástico de los que tenías de pequeña en el supermercado de juguete.

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La crepería Au p’tit dolmen es un establecimiento funcional y bonito, que tiene comida para llevar o un rinconcito muy mono para tomar allí. Prepara unos estuches muy cucos , unas cajas “formule plage” creo que se llamaban, en las que te pone todo lo necesario para un picnic en la playa, que está a diez minutos escasos. Para tomar allí tiene unas mesas puestas al estilo francés (muy juntas, muy juntas) y ofrecen un menú que incluye bebida, cidre bretonne (sidra bretona); una galette (cuya diferencia con el crepe que conocemos radica en el tipo de harina utilizada para hacerla, harina de trigo sarraceno); y un crepe dulce. Además de crepes y galettes, tiene helados caseros muy ricos.image
Para beber pedimos, junto con la jarrita de agua que ponen siempre, la sidra bretona, que se diferencia de la vasca que habíamos probado en que su sabor es más frutal, sabe más a manzana y tiene más burbujas.
imageLa galette que pedí tenía lo mejor de la Bretaña y la región de Saboya: una galette tartiflette. La tartiflette es una receta que apareció en los 80 como forma de promocionar el queso reblochon, y que se hace con patata cocida, lardons (trozos de panceta), cebolla frita, y todo en una bandeja de horno y sobre ella el reblochon cubriéndolo todo. Es una preparación que me trae muchos recuerdos y ligera como una pluma. La galette iba acompañada de unas hojas de lechuga hoja de roble, que en Francia suelen poner en casi todos los acompañamientos, con la vinagreta de mostaza de Dijon. Estaba realmente rico y me recordó, como la magdalena de Proust, a aquellos días en Grenoble, hace muchos, muchos años.

De postre, un crepe de nutella, para mí un clásico, que me hizo disfrutar un montón, ya que se diferenciaba perfectamente de la masa de la galette, siendo dulce y con un cierto toque de licor. Y la nutella, mítica e incomparable. Buenísimo.imageLos crepes y galettes, al igual que los cruasanes, no saben igual fuera del país galo. Los cruasanes con sabor a mantequilla son incomparables e inimitables, y no suelen utilizar aceites vegetales como utilizan aquí, que son veneno puro. La mantequilla, aunque sea muy calórica, le da ese sabor que no se puede encontrar en España. En cuanto a las galettes y crepes, ocurre lo mismo.

El café estaba bueno, aunque no nos acordamos que “un noissette” suele ser más fuerte que el cortado. Iba acompañado de una galleta bretona de mantequilla, y estos pequeños detalles siempre me hacen ilusión porque parece que complementa el café.image

Esta fue nuestra primera incursión culinaria en Francia. Aunque intentamos comer a la hora francesa, cada vez más, sobre todo en lugares turísticos, y para adaptarse a la demanda, sueles encontrar comida a cualquier hora.

Confit de Pau (Pau, Francia)

FOTOGRAFÍAS y TÍTULO: Negativo En Sepia

Chez Olive –>9 Rue du Château, 64000 Pau, Francia

Precio: sobre los 40 euros por persona.

La nacional que tomamos desde Bayonne iba dejando atrás extensos campos de maíz que se mecían al son del viento. Los carteles de la carretera nos mostraba pueblos mientras seguíamos el mapa con el dedo, y alguno que otro aparecía por sorpresa, como si lo hubiesen construido ayer (como decía mi cuñado), cosa que nos sorprendía, por la eficiencia y rapidez de los franceses a la hora de construir. Lo bueno de tomar una nacional es el poder pasar por pueblos que, con las autovías y autopistas, han quedado relegados a un simple nombre en un mapa de carreteras. Boulangeries, eran parada obligada para mi vista, ya que me fascina la facilidad que tienes en Francia para encontrar una panadería, y comprar unos buenos cruasanes “mantequillosos”, hasta en el pueblo más pequeño. Y los tabacs. De esos también hay muchos.
Junto a los maizales, alguna que otra granja que anunciaba volailles (aves de corral) nos daba una pista de cuál sería el ingrediente típico de la región. Confit, magret, foie-gras, poule au pot…

Cuando terminó la sucesión de pueblecitos llegamos a la villa de Pau. Es una ciudad pintoresca, en el valle del río Gave de Pau, situada en la región del Béarn y que pertenece al departamento de los Pirineos Atlánticos. La ciudad cuenta con un castillo que vio nacer a Enrique IV, rey de Francia y Navarra, del que cuentan que fue mecido en un caparazón de tortuga que aun se conserva en una de las salas .

Hasta allí nos llevó nuestro viaje por el País Vasco francés, a casa de unos amigos que nos acogieron muy amablemente. Para probar las buenas viandas de estas tierras nos reservaron una mesa, a una hora poco común para un estómago español, en un restaurante donde servían comida típica de la región. El coqueto restaurante estaba situado en un pequeño recodo de la rue du Château, bullicioso a la hora de la cena francesa.
El sitio elegido tenía una terraza , donde habían reservado la mesa, que mostraba el ir y venir de los habitantes de Pau, algo que a mí me fascina, ya que me gusta observar cómo es la vidilla de una ciudad. Y para eso, nada mejor que sentarse en una terraza y mirar a los que pasan, con sus conversaciones, sus vidas, y ese pequeño murmullo que se escucha en cualquier calle.

Chez Olive es un restaurante cuyas especialidades tienen que ver con el ingrediente estrella de la zona: les volailles. Se puede pedir a la carta o el menú, que sale mucho mejor, ya que los platos de la carta tienen casi el mismo precio. Hay dos menús: uno de 26 euros, que fue le que pedimos, y otro de 32.

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Una vez elegidos los platos el dueño nos trajo la caraffe d’eau , esa botella de agua que siempre ponen en todo restaurante francés, y que me encanta, porque no te obliga a pedir bebida si no quieres. Nos dispusimos a esperar mientras tomábamos una copita de vino de la zona, Henry IV Poule au Pot Béarn se llamaba, muy bien elegido por nuestros anfitriones.

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La velada transcurría de forma agradable, con el murmullo de la calle, la tardanza de los platos, y la amabilidad de quienes nos habían acogido en su casa.
Para abrir boca nos trajeron un “gazpacho”, dijo el dueño, muy amable, aunque se parecía más a un zumo de tomate. Fue lo único que no me gustó.

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Después llegó lo bueno. Y como a mí me gusta picotear de otros platos, pues comentaré dos menús diferentes.

Para comenzar salade au fromage de chèvre et sorbet à la tomate (ensalada de queso de cabra y sorbete de tomate). Presentado el queso sobre unas tostadas de pan de molde, esta muy rico, y el helado de tomate, aunque me recordaba a un pesto rosso, sobre la tostada, refrescaba el paladar. Todo iba sobre un lecho de lechuga de hoja de roble aliñada con una vinagreta que les sale genial a los franceses, con mostaza de Dijon.

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– El entrante de mi pareja era jambon de pays et gésiers confits (jamón curado ocho meses y molleja de pato confitada). En ocasiones es mejor no saber qué comes, para que los prejuicios no salpiquen la comida. El jamón, se puede decir, que como el serrano, ninguno, pero las mollejas, estaban muy buenas, y tenían un sabor impactante y fuerte.

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El segundo plato, para el que tuvimos que esperar tres cuartos de hora, era noix de boeuf cuite en pot-au-feu au foie de canard (redondo de buey cocido con foie). Se trataba de una pieza de carne, que se deshacía en la boca, sobre el cual descansaban dos grandes trozos de hígado de pato. Muy bueno. Iba acompañado de unas zanahorias cocidas con mantequilla sobre pasta brick, patatas cocidas con mantequilla y pimientos asados y un trocito de quiche.

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– El otro segundo era confit de canard(cuisse) rôti sur sa peau (confit de pato asado con su piel). El acompañamiento era el mismo que en el anterior. Este plato fue el mejor de la cena, con la piel crujiente de la patica, que se deshacía en la boca a la vez que crujía como los peta-zetas.

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El postre fue interesante. Me pedí pastis bearnais de Jacques et sa glace cremée au miel (bizcocho con una textura parecida a un brioche con pastis y helado de miel). Este bizcocho iba sobre crema inglesa, lo que le confería esponjosidad. El bizcocho sabía a pastis, un licor anisado, típico de la parte de Marsella, e iba acompañado del helado de miel, lo que hacía que el conjunto fuese fresco y muy dulce a la vez, sin ser pesado.

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– El tiramisú no me gustó especialmente. Estaba hecho con galletas de los Pirineos, pero llevaba algún licor que lo agriaba.

– También piqué de otro postre, l’île flotante (isla flotante), un postre también muy rico, y que siempre me fascina por la consistencia del merengue, que flota como un barco a la deriva en un mar de crema inglesa.

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Después de esta cena, y sabiendo que la cocina francesa no se distingue por el uso del aceite de oliva, sino por la mantequilla, oíamos como nuestras arterias inundadas de grasa se quejaban. Pero mereció la pena. Los días posteriores un poco de lechuga y listo.

En cuanto a Chez Olive, si bien es cierto que los platos estaban riquísimos, ensombreció la velada la tardanza entre plato y plato, que casi se podía hacer la digestión. Con la politesse característica, y aunque viésemos las caras de cansancio de nuestros anfitriones cerca de las doce de la noche (nos sentamos a las ocho y media), nadie se quejó, por lo que nosotros no íbamos a ser menos, y no dijimos ni pío.

Tras la copiosa cena, fuimos dando un paseo hasta castillo, que estaba iluminado por unas veladas que se celebran en verano, en las que cuentan, con un espectáculo de luces y sonido, la historia del castillo que gobierna desde lo alto, orgulloso, la ciudad de Pau.

Mientras, en alguna granja de la nacional D-817 a Pau, un pato nos miraba con odio.

 

**Merci Jean-Michel et Odile, Camille et Jose pour votre générosité.**