Puerta de Andalucía (La Puebla de Don Fadrique)

Restaurante Puerta de Andalucía (Puebla de Don Fadrique)Todos los años miramos atentamente la previsión del tiempo a lo largo del mes de enero, por si la nieve aparece por la Puebla de Don Fadrique, pero este año se ha hecho de rogar. Y hasta marzo nada de nada. Cuando vimos que el sábado pasado la nieve hacía acto de presencia en tan noble lugar, llenamos el depósito y rumbo a ver la nieve entre los almendros. Al llegar nos esperaba un bonito paisaje nevado a lo largo del camino hacia Santiago de la Espada y dio como resultado una buena cantidad de fotos en la nieve, poses varias, una nevada y una comida en el restaurante Puerta de Andalucía. Lo mejor que se puede hacer allí es hincarle el diente a los manjares que nos da el cerdo: blanco, butifarra, morcón, chorizo… Y eso fue lo que hicimos. Del cerdo, hasta los andares.

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La Fragua (Casas-Ibáñez)

Fotos: Negativo en Sepia

Últimamente La Mancha acude a nuestros pensamientos cuando de un viaje se trata. Hasta hace unos meses era de paso, parabas para descansar de algún viaje que ibas o venías de Madrid, y con la excusa de parar veías alguna ciudad o pueblo. Pero después del viaje a Guadalajara le hemos tomado el gustillo a esta tierra de molinos y gigantes y allá que nos fuimos a pasar este fin de semana. El lugar elegido fue Alcalá del Júcar, aunque dormir, dormimos en Casas-Ibáñez, un pueblo al que se llega por la N-322 que pasa por Fuentealbilla en dirección a Requena, cuyos arcenes salpicados de amapolas alegran la vista mientras ves las líneas discontinuas correr.

La noche antes de salir nos informamos en alguna web de los restaurantes que había en Casas- Ibáñez, y encontramos La Fragua, una tienda-degustación, donde daban comidas y cenas y podías comprar aquello que comías. Lo buenos es que no tiene horario comercial, sino de hostelería.

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Allí cenamos de maravilla. Lo llevan unas chicas, la mar de simpáticas, que tienen un local decorado muy bonito, y han dejado a la vista las antiguas colañas que destacan sobre el techo blanco. Es muy amplio, con un salón,  una terraza en su interior en la que en verano se tiene que estar muy al fresco y unas mesitas en la calle.

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En la carta encontraremos productos autóctonos y foráneos. Podéis disfrutar del “latilleo”, como le llaman en la carta a picotear de latas de conserva, quesos, embutidos, montaditos (que son tipo tosta) y tomate partío con ventresca y demás salazones.

Después de echar un ojo a la carta y a la pizarra que tenían con cosillas extra, nos decidimos por:

– Una tabla de quesos de la tierra, con queso viejo, curado, al romero y en aceite, y como no, estaban rebuenos.

– Unas marineras también, con una ensaladilla muy rica, con el punto justo de variantes.

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– Le siguieron una tabla de embutidos ibéricos (muy recomendable) y unos montaditos, uno clásico de bacon y queso, y otro “a la carta”, con jamón ibérico y queso en aceite. Una delicatessen oiga.

Y todo este festín lo regamos con unos cuanto tercios bien fríos, que hace que la comida sepa mejor. Lo suyo hubiese sido pedir una copita de vino, pero no soy muy vinatera yo, prefiero el alpiste de malta o cebada. Y nos salió muy bien de precio.

 

Nuestros estómagos quedaron muy satisfechos después de la pitanza de calidad y nos fuimos a dormir, que al día siguiente quedaba mucho por hacer.

LA FRAGUA  : C/Tercia, 63   Casas-Ibáñez

 

Ternasco de mis amores (Zaragoza)

El Tubo de Zaragoza es un viaje rápido por las tapas y raciones que puede ofrecer la gastronomía española en general y la aragonesa en particular. A ambos lados de las calles que conforman la zona se intercalan graffitis, terrazas, bares y hasta un cabaret ibérico. La cocina tradicional se mezcla con platos llegados de diferentes lugares del mundo. Por eso te puedes encontrar un tataki de atún, con una madeja de ternasco a la brasa o un cebiche (o un sushi de ternasco), todo en una misma carta. Eso lo puedes engullir en el sitio que cenamos la última noche de nuestro viaje: La ternasca. Con unas mesitas fuera forradas de césped artificial y decoradas con ovejas, la cena se antoja de maravilla.

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Oveja, caña y césped

En el interior, la gente se mueve de un lado a otro buscando las tapas expuestas como si de un museo se tratase, y un bullicio constante alegra el ambiente. Lo típico de allí, el ternasco de Aragón, con denominación de origen, que genera tantos platos como se pueda imaginar, típicos o de fusión, y si no échenle un vistazo a la carta, que se van a quedar ojipláticos y con la boca hecha agua.
A partir de aquí, absténganse vegetarianos y veganos. Comenzamos jugando con unos churrasquitos de ternasco, una croqueta de jamón gigantesca y unos chorizos sobre un pan tostado de esos que amenazan tormenta, pero que merecen la pena. La partida no se puede jugar sin unas cañas bien fresquitas, las que te recorren el gaznate y mientras le vas dando gracias al inventor del serpentín.

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Churrasquitos de ternasco

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Croquetón de jamón

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Choricicos que barruntan tormenta

Una vez damos cuenta de estos manjares, apostamos un poco más y nos decantamos por unos morros y una madeja de ternasco a la brasa. Esto último lo había visto muchas veces en el híper, pero, aunque soy una enamorada de las cosas rarunas, nunca me había atrevido a comprarlo. Los morros, están muy buenos, diferentes a los que había probado en la calle Laurel de Logroño y a los que probaría en Teruel. Y la madeja, está buena, pero quizá nuestra cota de grasa ese día ya está copada, y no lo disfrutamos igual que si lo hubiésemos comido al principio. No es nada caro, y relación calidad-precio, estupenda: cuatro bebidas, tres chorizos, un croquetón y los churrasquitos, 18 euros más o menos.

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Morricos

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Madeja con pan-tomate

También quiero hacer una mención especial a los champiñones que comemos en El champi, un bar archiconocido en Zaragoza, donde sirven únicamente champiñones al ajillo con una gambita en la cúspide de esa montaña de hongos. La cerveza, artesanal, y muy fría, la sirven en unos botes de diferente procedencia, que junto a la tapa, ponen el toque original al sitio. El sitio no es caro, ya que tapa y cerveza no debe llegar a los 5 euros, pero no lo recuerdo muy bien.

Champis

La cerveza en su tarrito y servilletero en El Champi

El viaje culinario por estas calles se completa con un viaje artístico a través de los graffitis que puedes encontrar a lo largo del Tubo, testigos mudos del ir y venir incesante de gente que se arremolina en las puertas y terrazas de los bares “tuberos”.

Graffiti en El Tubo

Graffiti en El Tubo

FOTOGRAFÍAS: Negativo En Sepia

El Quitapenas (Mallorca)

Lo que más me sorprendió de la sinuosa carretera que nos llevaba a través de la sierra de Tramontana fue el número de ciclistas que subían animosamente la orografía mallorquina. A través de la ventanilla, de vez en cuando, el paisaje me provocaba un nudo en la garganta y algún que otro suspiro ansioso que ponía de los nervios a la conductora, y que me hacía reflexionar sobre la voluntad y resistencia necesarias para subir todo aquello.

Los paisajes se iban sucediendo, como los kilómetros en el coche de alquiler, y aparecía y desaparecía el mar entre los pinos, como si jugase con nosotros al te veo y no te veo.

Al final de la carretera aparece Sóller, un pueblo encantador, con cierto aire de antiguo esplendor, con construcciones cuidadas y un bonito tranvía antiguo que va desde el pueblo al puerto de Sóller.

El siguiente pueblo que visitamos fue Valldemossa, y la razón de la primera entrada del blog. Sus calles empinadas invitan a pasear por ellas antes de ir a comer, ya que pondrán a prueba tus gemelos y tu resistencia física. Este pequeño pueblo de la comarca de la Tramontana posee una belleza singular, y en él pasan y pasaron temporadas grandes figuras de la cultura y el arte.

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La sobrasada deseada y quesito del bueno

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El Quitapenas

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En el carreró de la Amargura, ahí me quito yo las penas

Después de buscar aparcamiento un buen rato, comenzamos nuestra búsqueda de un lugar donde poder comer, pero nuestro problema llegó cuando quisimos encontrar un sitio donde degustar una buena sobrasada o algún plato mallorquín, y eso en Mallorca es realmente difícil. En casi todos los restaurantes sirven platos combinados, y una infinidad de platos que poco tienen que ver con la cocina de la zona. La afluencia de turistas puede ser una bendición, pero puede llevar a acabar con los platos típicos, dando paso a una multitud de despropósitos culinarios que pasmarán a cualquier visitante con ganas de disfrutar de su comida.

Por suerte, el gran olfato culinario de mi pareja nos llevó a un rincón alejado del núcleo de restaurantes con aroma a steak house y a patatas congeladas, hasta una callecita llamada de la Amargura, con unos escalones que descienden hasta el local.
La calle está repleta de flores y plantas de multitud de colores que adornan profusamente las paredes de los edificios.
El sitio es encantador y pequeñito, El Quitapenas se llama, un nombre muy acorde con la calle en la que está, y con un dueño tan encantador como su local.
Le contamos lo difícil que era encontrar un sitio donde comer un buen embutido mallorquín y con mucho mimo nos preparó un plato donde degustamos la sobrasada, el butifarrón, un tipo de fuet muy sabroso y un queso casero estupendo.
Se nota cuando alguien hace lo que le gusta, y este era el caso.
Un sitio acogedor, con un dueño muy simpático y agradable, que te hace sentir como en casa, rodeado de embutidos que cuelgan, con un aroma que hace que la boca se haga agua, y una decoración sencilla y agradable. Con aire de DIY.
Si pasáis por allí, y sois del buen yantar, no os arrepentiréis.
I love sobrasada.

Precio medio:  Este quitapenas de abajo y dos cervezas, 25 €.

Este fue el plato que nos zampamos

FOTOS : Negativo en Sepia