Magoga (Cartagena)

FOTOS en colaboraciónicon @negativoensepia

A pesar de ser un restaurante relativamente joven, el Magoga ha sabido escalar puestos en la alta cocina de la Región. Restaurante cuyos precios se adaptan a cualquier paladar, ha sabido democratizar la cocina de vanguardia y hacerla asequible a todo tipo de bolsillos, utilizando el concepto de cocina de mercado para llevar a cabo sus platos y menús.

La primera vez que escuché hablar de él fue al poco de abrir, gracias a las investigaciones de dos gourmets. Con la recomendación en nuestra mente, nos acercamos ese mismo verano a vivir el buen hacer de su cocina, tomando por aquel entonces un tartar de atún rojo de almadraba que quedaría grabado en memoria gustativa a fuego, y con el que me serviría de comparativo para el resto que fuese probando posteriormente. Unos arroces negro y  meloso de carabinero completaban la mesa y unos postres que cerraron una comida perfecta. De aquel entonces no conservo fotos, ya que no existía este humilde blog para contar todas las peripecias culinarias que vivía.

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Hacía tiempo que quería hacer un post sobre este rincón, pero tras una ocasión fallida por fuerza mayor, llegó el día en que volvimos, esta vez pidiendo menú. El menú del Magoga no es un menú cualquiera. Perfectamente estudiado, cuidando todos los detalles, adapta cuidadosamente la buena cocina a esa opción que es es el menú diario, dejando de lado esa costumbre viejuna de utilizar el menú del día como excusa para servir comida de rancho. Eso sí, me imagino que se requiere de un ejercicio de imaginación, gusto por la cocina y visión de mercado, pero el resultado es espléndido. Además le damos un punto extra por cuidar de aquellos con intolerancias alimentarias con mimo. (¡Tienen pan gluten-free!).

El menú de aquel miércoles constaba de ensalada, primer plato, segundo plato, postre, pan, café y bebida (caña), todo con muy buena relación calidad-precio (16€).

– Aperitivo.

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– De entrante, una ensalada con vinagreta dulzona, manzana, semillas de amapola y nueces.

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Ensalada
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Ensalada

– De primer plato un gazpacho de rúcula y naranja, refrescante para unos, pastel de verdura para otros.

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Gazpacho de rúcula
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Pastel de verduras

– De segundo plato, salmón en salsa de piña y eneldo, sin una sola espina, sobre una base de patatas panadera para unos, pollo a la brasa con salsa de piña para otros.

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Pollo a la brasa
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Salmón sobre patatas panadera

– De postre, un yogur cremoso con salsa de frutos rojos, muy bueno y ligero para unos y pan de calatrava para otros.

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Pan de calatrava
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Yogur casero

– El café, de Bernal, un cortado con una espumilla de lo más sugerente.

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Este menú elegante y ligero se completaba con un servicio amable, discreto y atento. Para la próxima vez iremos con los estómagos preparados para la mesa de queso móvil que tienen, y para probar el menú ALMA, que se dividirá en quince actos. ¡Allá iremos!

MAGOGA: Pl. Dr. Vicente García Marcos , 5 30201 Cartagena – Murcia Tf:+34 968 509 678 // +34 629 980 257

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La Fragua (Casas-Ibáñez)

Fotos: Negativo en Sepia

Últimamente La Mancha acude a nuestros pensamientos cuando de un viaje se trata. Hasta hace unos meses era de paso, parabas para descansar de algún viaje que ibas o venías de Madrid, y con la excusa de parar veías alguna ciudad o pueblo. Pero después del viaje a Guadalajara le hemos tomado el gustillo a esta tierra de molinos y gigantes y allá que nos fuimos a pasar este fin de semana. El lugar elegido fue Alcalá del Júcar, aunque dormir, dormimos en Casas-Ibáñez, un pueblo al que se llega por la N-322 que pasa por Fuentealbilla en dirección a Requena, cuyos arcenes salpicados de amapolas alegran la vista mientras ves las líneas discontinuas correr.

La noche antes de salir nos informamos en alguna web de los restaurantes que había en Casas- Ibáñez, y encontramos La Fragua, una tienda-degustación, donde daban comidas y cenas y podías comprar aquello que comías. Lo buenos es que no tiene horario comercial, sino de hostelería.

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Allí cenamos de maravilla. Lo llevan unas chicas, la mar de simpáticas, que tienen un local decorado muy bonito, y han dejado a la vista las antiguas colañas que destacan sobre el techo blanco. Es muy amplio, con un salón,  una terraza en su interior en la que en verano se tiene que estar muy al fresco y unas mesitas en la calle.

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En la carta encontraremos productos autóctonos y foráneos. Podéis disfrutar del “latilleo”, como le llaman en la carta a picotear de latas de conserva, quesos, embutidos, montaditos (que son tipo tosta) y tomate partío con ventresca y demás salazones.

Después de echar un ojo a la carta y a la pizarra que tenían con cosillas extra, nos decidimos por:

– Una tabla de quesos de la tierra, con queso viejo, curado, al romero y en aceite, y como no, estaban rebuenos.

– Unas marineras también, con una ensaladilla muy rica, con el punto justo de variantes.

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– Le siguieron una tabla de embutidos ibéricos (muy recomendable) y unos montaditos, uno clásico de bacon y queso, y otro “a la carta”, con jamón ibérico y queso en aceite. Una delicatessen oiga.

Y todo este festín lo regamos con unos cuanto tercios bien fríos, que hace que la comida sepa mejor. Lo suyo hubiese sido pedir una copita de vino, pero no soy muy vinatera yo, prefiero el alpiste de malta o cebada. Y nos salió muy bien de precio.

 

Nuestros estómagos quedaron muy satisfechos después de la pitanza de calidad y nos fuimos a dormir, que al día siguiente quedaba mucho por hacer.

LA FRAGUA  : C/Tercia, 63   Casas-Ibáñez

 

Mano a mano (Murcia)

FOTOS: Negativo en Sepia

MANO A MANO: C/ Gutiérrez Mellado, 9 30008  Murcia

Teléfono: 644 72 29 11

Precio: muy bueno, 10€ por persona

El otro día estuvimos en un sitio que tenía muchas ganas de ir, de los que miras desde el coche y te dices “La próxima voy” y luego siempre se olvida, o no caes o lo que sea. Al principio cuando pasaba no tenía casi gente, pero el “boca a boca” hace mucho, y las redes sociales, y ahora siempre está de “bote en bote”, por lo que es mejor ir un día de semana y al mediodía.Es un lugar de comida rápida, pero todo lo hacen con amor y con ingredientes cuidados al máximo, porque el queso sabe a queso, y el tomate está bueno, la masa…Y si todavía no lo habéis adivinado tenéis una pista más: es pizzería y empanadillería a la vez. Si ya a estas alturas nada de nada, os digo el nombre y no sigo mareando la perdiz: “Mano a mano“, en Centrofama.

Como ellos mismos se describen, es un sitio de comida rápida, pero con ingredientes 100% naturales, hecho con mimo y alegría, y aunando lo mejor de dos países, el del lado de acá y el del lado de allá: Italia y Argentina. Tienen unas pizzas riquísimas, y a los que les guste la masa finita, esta es su pizzería, y a los que les guste que el queso de las pizzas sea buena, pues lo mismo.

También tienen unas empanadas criollas rebuenas, picantes para los más valientes o suaves, nuestra elección, y empanadas con rellenos varios, como la que nos pedimos, de roquefort y nueces.

La pizza era la pequeña (que de pequeña solo tiene el adjetivo, porque comimos perfectamente dos personas), porque también las hay familiares, con pimiento, sala mí y jamón york y una mozzarella buenísima, de las que al separar los trozos se crean puentes de queso. No recuerdo ahora mismo cómo se llamaba, pero estaba buenísima. Para completar nuestro menú, nos pedimos un pan de ajo con mozzarella, y olía (y sabía) para morirse de gusto. imagePara regar la pitanza, nos pedimos una Quilmes y un quintico de Estrella de Levante, que nos refrescaron el gaznate de buena manera.

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Salimos con muy buen sabor de boca, y exultantes, por lo rica que estaba la comida y el personal tan agradable que tienen. Volveremos, y sí, es una amenaza.

 

Quesería Tope (Murcia)

FOTOS: Negativo en Sepia

QUESERÍA TOPE –> Avda. Infante Juan Manuel,  30011 Murcia

Precio: 15-20 euros

Algunas veces he pensado que en otra vida fui ratón, porque el queso me chifla. Me acuerdo cuando era pequeña que mis padres me llevaban a una quesería que había en el Cénit y comprábamos un montón de quesos. El que más me gustaba era uno ahumado, con trozos de jamón, que cada vez que lo cato, me lleva de un empujón a aquellos momentos.

Pero ya la cerraron, y a mí me dio mucha pena, porque me recordaba a aquellos sábados de compras, en los que luego iba al mercado de abastos a observar a todos los pescados con la boca abierta y los ojos vidriosos, los cangrejos que movían las tenazas, mezclados entre la morralla y las gambas relucientes.

Pero volviendo al tema de que yo era un ratón, efectivamente, adoro el queso en todas sus formas y texturas. Y eso ha hecho que me lance a una búsqueda incansable de queserías a lo largo y ancho de este mundo. Porque lo que es quesería, hay pocas. Hay charcuterías con más o menos quesos en su sección, pero una que afine tanto, solo recuerdo la del Cénit. Y en el mercado de Verónicas también hay puesto.

En esta indagación incansable de queserías, encontré, hace muchos años, paseando por la zona en la que vivía en mi época de estudiante, una, pero no de venta de quesos, sino restaurante. Recuerdo que por entonces tenía un toldo que me hacía mucha gracia. Fuimos a cenar y nos gustó bastante, pero por entonces no había proyecto de blog ni nada, así que me limité a degustar los quesos que me pusieron delante, y a comentar lo buenos que estaban, pero sin más historias.IMG-20151208-WA0005

Nueve años después volví, esta vez con cinco personas hambrientas y con el miedo de no caber. Pero no hubo problema, porque el caballero que nos atendió nos dispuso una mesa muy atentamente. Recordaba el sitio bonito, y no me defraudó. Seguía igual de acogedor y pequeñito, lleno de objetos, por doquier, con su propia historia cada uno: una rama de buganvilia frondosa, fotos del dueño (me imagino), recuerdos, espejos antiguos, un aparador precioso… y la decoración navideña, fenomenal. Adoro los locales con horror vacui y buen gusto, con cierto aire a cafetería parisina y una música agradable de fondo.

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Para esperar nos pusieron unas olivas partidas y unas cañas refrescantes, y así poder elegir de la carta, que se divide en varias partes. Por una parte una gran variedad de productos que van entre “pan y pan”: perritos calientes de diferentes clases, bocadillos hechos de pan de perrito, cruasanes rellenos y emparedados hechos con mantequilla a la plancha; y por otra, las ensaladas y la tabla de patés y quesos.

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Pedimos una tabla de quesos para tres y cada uno un plato más: un cruasán Finas Hierbas, un emparedado Memé, dos Noruegos, uno mixto y un Croque Monsieur. Mientras preparaban la tabla de quesos, mirábamos la vitrina y veíamos un ir y venir de manos que cogían y dejaban quesos, y observábamos (admirábamos) el resto del local.

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La tabla he de decir que estaba dispuesta de una manera cuidada, con todos los quesos y patés amontonados esmeradamente, todo calculado al milímetro, y bajo esta capa de quesos, una loncha de jamón cocido para que no quede la tabla desnuda. IMG-20151208-WA0012

Los quesos estaban muy buenos, de diferentes variedades, desde los cremosos como el Brie hasta otros más curados o de los fuertes. La última vez que fuimos (hace nueve años) el surtido era diferente, con más quesos untables, del tipo a la pimienta o con pimentón. Personalmente esta vez me gustaron más, pero esto es muy subjetivo.

IMG-20151208-WA0008Los patés eran de campaña y foie, muy sabrosos. Todo muy bien acompañado de una cesta con diferentes tipos de pan: unas tostas con sésamo, bretzel, tostadas, galletitas saladas…Estas cosas me vuelven loca de contenta.IMG-20151208-WA0017 IMG-20151208-WA0010

Después de dar cuenta de todos los quesitos ricos, llegó el turno de los demás platillos. Sé de buena tinta que los demás estaban muy buenos, pero el mío, el mixto, hizo que mis ojos se llenasen de lágrimas y mirase a través de la ventana recordando los sándwiches que me comía en el Chamonix con una fanta de naranja cuando iba a visitar a mi madre. O los que me hacía mi padre, que sabían a mantequilla caliente, y el queso derretido se pegaba al pan, y se quedaban chafaditos de darle con la pala de la plancha. Eran esos o los de ventanita. La magdalena de Proust hecha emparedado. Mientras navegaba entre mis recuerdos gustativos me lo fui comiendo con mucha parsimonia, para que no se gastase, con miedo a no volver a recordar ese sabor a plancha y a mantequilla de cuando era una cría.

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Esta vez me prometo tardar menos en volver, porque el sitio merece realmente la pena, la persona que nos atendió fue increíblemente amable y, además, no está nada mal de precio, con todo lo que pedimos, salimos muy bien y bien llenos, en torno a los 15 euros por persona, repitiendo varias veces bebida.

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La Tapadera (Murcia)

Fotografía: Negativo en Sepia

La Tapadera –>Calle Saavedra Fajardo, 2, 30001 Murcia

Precio: sobre los 15 – 20 euros

Si la tristeza asoma su hocico, ponerte a comer no es la mejor solución, porque siempre puedes caer en la ingestión compulsiva de alimentos. Si a la tristeza le sumas el haber dejado de fumar, la compulsión se multiplica por cien o mil, o qué sé yo, pero lo único en lo que piensas es en comer y fumar, no siempre en ese orden, como única manera de ahogar tu pena. Ahogarla literalmente, bien con humo o aplastada por kilos de comida. Pero eso no impide alguna que otra visita a los bares, para comprobar, más que nada, que cuando uno deja de fumar vuelve el sentido del gusto, y, sobre todo,  porque cuando una se pone con la rutina, deja a un lado aquello que le gusta hacer y lo cambia por las obligaciones, en mi caso correcciones, papeleos, exámenes, libretas, … Pero hoy he decidido volver a las andadas y hacer un poco de intrusismo, retomando mis historias de restaurantes. El máster en crítica culinaria, pues todo se andará.

Hay alimentos con los que podría alimentarme eternamente: los lomos de salmón ahumado del Mercadona, la costra de queso fundido que se forma en los macarrones gratinados, el chocolate al 70%, la morcilla asturiana, las naranjas de la huerta y otras tantas cosas más. Uno de esos alimentos que me dejo en el tintero es la coca de pimentón con sardina marinada y un picadillo de aceitunas, coronada con una espuma de Bloody Mary . Espléndido. El otro día me pedí dos, pero podía haber comido a base de sardinas marinadas si no fuese porque el resto de tapas de La Tapadera merecen tanto la pena que hice un esfuerzo y accedí a comer otra cosa que la coca. Por aquí os dejo un enlace que he encontrado esta tarde en El Comidista sobre sardinas marinadas.

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La bendita coca
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Plano detalle de la elegante sardina
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Lingote de pato empalomitado

¿Y qué pedimos? Pues de todo lo que nuestro estómago pudo albergar. En la carta que te dan puedes ver las tapas agrupadas por precios, todas ellas súper cuidadas, tanto en presentación como en sabor.  Para empezar, la coca al pimentón con sardina, que no voy a halagarla más, porque ha quedado bien claro que está buenísima. Después tomamos lingote de pato envuelto en palomitas (empalomitado podría decirse) con su carne estofada bien sabrosona. Ahora que pienso en él, se me hace la boca agua a pesar de haber cenado.

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La tosta con bacon

Continuamos con una tosta de pan ecológico con bacon, cebolla caramelizada y queso de cabra, un clásico en mi estómago, porque esa combinación me chifla hasta morir. Aquí está buenísimo, porque el pan está bien torradico, la cebolla pochada y el bacon tostado. Mmm.

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IMG-20150930-WA0007Y también nos liamos la manta a la cabeza y pedimos una tabla de quesos de La lechera de Burdeos, de esos pestosos que huelen a coliflor hervida, que estaban ricos, uno francés, otro italiano y otro catalán, acompañados de una cestita monísima hecha de trapillo azul llena de pan tostado casero crujiente. Esto acompañado de una buena caña fresca. ¿Qué más se le puede pedir a la vida? Pues cerrar el círculo con otra coca y otro lingote.

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El clásico de las tapas: la croqueta

También cayó una croqueta.

El local es muy chulo, sencillo, todo en tonos crema y un azul o verde, dependiendo del ojo que lo mire, con mucho encanto. Está muy bien de precio, en cuanto a la relación con la calidad del producto que ofrece.Podríamos decir de precio medio, entre 15 ó 20 euros por persona.

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La verdad es que las penas, irse, no se fueron, pero el tiempo que duró la comida se quedaron, tapadas, como en segundo plano. Y eso de que tienes más sabor por dejar de fumar, leyendas urbanas, oiga.

Gracias, Negativo en Sepia, por tus fotos.

Murguía, País Vasco

¿Cómo puede cambiar tanto el paisaje con solo pasar un túnel?, me comentaba un amigo que pasó por el País Vasco unos días más tarde que nosotros. Los dos estuvimos hablando acerca de cómo era posible que, de repente, una vez pone “Ongi etorri”, el cielo se vuelve plomizo, la niebla acecha y la llovizna empieza a mojar el parabrisas. Y tal y como lo cuento, sucedió yendo por la autovía de Logroño a Vitoria. Fue salir del túnel y unos metros más allá un cartel nos daba la bienvenida al País Vasco y, de repente, las montañas crecieron a los lados, con la niebla coronando las cumbres como si fuese un peinado afro, y la llovizna repiqueteaba en el cristal.  Y mientras, al otro lado, el sol brillaba en la Rioja alavesa.

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href=”https://losbocadosefimeros.files.wordpress.com/2015/08/img-20150829-wa0004.jpg”> Mitología vasca sobre pared en casa de Murguía[/c

Murguía es un pequeño pueblo de la provincia de Álava que forma parte del Valle de Zuia, del que es capital. Este pueblecito a pocos kilómetros de Vitoria se convierte en un destino perfecto para aquellos que buscan tranquilidad y fácil acceso a la ciudad. Merece la pena pasear por las calles paralelas a la principal, Domingo de Sautu Kalea, y ver lo cuidado que está, con sus parques verdes (a los del sur nos fascina) y sus casas centenarias de piedra. Y si una se siente aventurera, se puede perder por los senderos señalizados del Parque Natural del Gorbea, que brinda unas vistas de postal suiza, y pasar por alguno de sus innumerables pueblecitos, en busca de productos típicos como el queso Idiazábal o la miel (en Murguía hay un museo). Merece la pena llegar hasta Markina, pero antes nos detendremos en Sarría, en casa de un señor muy simpático, donde se puede comprar queso artesano.

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=”https://losbocadosefimeros.files.wordpress.com/2015/08/dsc_0032.jpg”> De camino a Markina[/capti

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https://losbocadosefimeros.files.wordpress.com/2015/08/img-20150829-wa0003.jpg”> Donde compramos el Idiazábal artesano. Sarría.[/caption

En Murguía nos hospedamos para visitar Vitoria, en el hotel Nagusi. Cuando en un hotel se cuidan tanto los detalles, te da la sensación de que les gusta trabajar para el cliente, para que se sienta bien. El Nagusi es un hotelito monísimo  cuyo desayuno me encantó. Como ya dije en el post sobre las tostadas, es la comida más importante del día, y allí ponen mucho interés en que así sea. Bajar después de haber dormido estupendamente y ser recibido por el olor mañanero del café y las tostadas, hace que te sientas realmente bien y te dan ganas de recorrerte el parque nacional corriendo. El desayuno de los campeones constaba de:

  • Un zumo de naranja natural (rarísimo en un desayuno de hotel). Nos ofrecieron repetir zumo en varias ocasiones.
  • Un café con leche muy bien hecho, de esos que dan ganas de tomárselo como el tazón de leche de Heidi.
  • Unas tostadas crujientes que podías acompañar de embutidos variados o untar con mantequilla de la buena.
  • Y unos cruasanes buenísimos, crujientes por fuera y esponjosos por dentro, con esa molla ondulada que se crea en el centro del cruasán y que hace las delicias de los golosos como yo.

¿Qué más se puede pedir? Repetir desayuno, pero esta vez en la terraza, dándote el sol y disfrutando de las vistas. La relación calidad precio es buena: cogimos habitación doble con el desayuno incluido.

Después de desayunar, le preguntamos a la persona que estaba en recepción si conocía algún recorrido rápido por el Gorbea, y  muy atento y agradable, nos indicó los lugares clave de este parque natural, tanto a nivel senderista como gastronómico. Merece la pena llegar hasta el inicio del parque, porque, aunque seas más urbanita que amante del trekking y los bichos te causen un terror infinito, los árboles que vas dejando a ambos lados de la carretera, la espesura del bosque vasco y la quietud, te cautivan.

Rulos del Gorbea
cadosefimeros.files.wordpress.com/2015/08/img-20150829-wa0005.jpg”> Rulos del Gorbea
Quietud en el bosque

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Del desayuno no tengo fotos (dejo el enlace de las fotos de la web del hotel), ya que somnolienta, bajé a tomarme el café  y hasta que no me tomo el café, soy cuán sombra errante. Tengo algunas fotos de los alrededores, cortesía, como siempre, de Negativo En Sepia.

Me quedaron ganas de hacer una ruta por los doce pueblos que conforman el Valle, y disfrutar de su gente amable y de los productos de la tierra, así que me lo apunto para próximos viajes.

Nota: Disculpen alguna falta de ortografía al escribir los nombres en euskera.

El Quitapenas (Mallorca)

FOTOS : Negativo en Sepia

El Quitapenas–> Carreró de la Amargura, 1, 07170  Valldemossa,  Illes Balears

Precio: sobre los 12,50.

Lo que más me sorprendió de la sinuosa carretera que nos llevaba a través de la sierra de Tramontana fue el número de ciclistas que subían animosamente la orografía mallorquina. A través de la ventanilla, de vez en cuando, el paisaje me provocaba un nudo en la garganta y algún que otro suspiro ansioso que ponía de los nervios a la conductora, y que me hacía reflexionar sobre la voluntad y resistencia necesarias para subir todo aquello.

Los paisajes se iban sucediendo, como los kilómetros en el coche de alquiler, y aparecía y desaparecía el mar entre los pinos, como si jugase con nosotros al te veo y no te veo.

Al final de la carretera aparece Sóller, un pueblo encantador, con cierto aire de antiguo esplendor, con construcciones cuidadas y un bonito tranvía antiguo que va desde el pueblo al puerto de Sóller.

El siguiente pueblo que visitamos fue Valldemossa, y la razón de la primera entrada del blog. Sus calles empinadas invitan a pasear por ellas antes de ir a comer, ya que pondrán a prueba tus gemelos y tu resistencia física. Este pequeño pueblo de la comarca de la Tramontana posee una belleza singular, y en él pasan y pasaron temporadas grandes figuras de la cultura y el arte.

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La sobrasada deseada y quesito del bueno
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El Quitapenas
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En el carreró de la Amargura, ahí me quito yo las penas

Después de buscar aparcamiento un buen rato, comenzamos nuestra búsqueda de un lugar donde poder comer, pero nuestro problema llegó cuando quisimos encontrar un sitio donde degustar una buena sobrasada o algún plato mallorquín, y eso en Mallorca es realmente difícil. En casi todos los restaurantes sirven platos combinados, y una infinidad de platos que poco tienen que ver con la cocina de la zona. La afluencia de turistas puede ser una bendición, pero puede llevar a acabar con los platos típicos, dando paso a una multitud de despropósitos culinarios que pasmarán a cualquier visitante con ganas de disfrutar de su comida.

Por suerte, el gran olfato culinario de mi pareja nos llevó a un rincón alejado del núcleo de restaurantes con aroma a steak house y a patatas congeladas, hasta una callecita llamada de la Amargura, con unos escalones que descienden hasta el local.
La calle está repleta de flores y plantas de multitud de colores que adornan profusamente las paredes de los edificios.
El sitio es encantador y pequeñito, El Quitapenas se llama, un nombre muy acorde con la calle en la que está, y con un dueño tan encantador como su local.
Le contamos lo difícil que era encontrar un sitio donde comer un buen embutido mallorquín y con mucho mimo nos preparó un plato donde degustamos la sobrasada, el butifarrón, un tipo de fuet muy sabroso y un queso casero estupendo.
Se nota cuando alguien hace lo que le gusta, y este era el caso.
Un sitio acogedor, con un dueño muy simpático y agradable, que te hace sentir como en casa, rodeado de embutidos que cuelgan, con un aroma que hace que la boca se haga agua, y una decoración sencilla y agradable. Con aire de DIY.
Si pasáis por allí, y sois del buen yantar, no os arrepentiréis.
I love sobrasada.

Precio medio:  Este quitapenas de abajo y dos cervezas, 25 €.

Este fue el plato que nos zampamos