Viagem (culinario) a Portugal

 

Este año decidimos pasar el fin de año en Portugal. Me sorprendió gratamente, tanto por su ritmo de vida, tranquilo y pausado, que casa perfectamente con mi forma de vida ideal, como por su gastronomía, tan rica como sorprendente, de mar y tierra.  Tuvimos la ocasión de probar tanto la comida autóctona como la de otros países que habían sido colonia portuguesa.

En Lisboa:

Terras Gerais –>Después de reciclar algunas entradas y estar sin actualizar por culpa de mi compañía telefónica, hago una pequeña reseña desde el corazón de la ciudad lusa. Buscando con prisas un lugar para comer, hemos encontrado este pequeño y acogedor restaurante de tradición brasileña mineira.Una sopa de mandioca, pan de queso y ajo, yuca con queso, feijoada y vaca atolada ha sido nuestro menú. Y no podía faltar un brigadeiro de postre. Nos ha salido por  14 euros por persona. El dueño,muy simpático,se ha despedido plantándonos un para de besos a cada uno. Muito obrigado!    Calçada Santana, 70. Lisboa

Manteigaira –> Unos pasteis de nata riquísimos, con un suave toque a canela y cremosos y tostaditos.  Rua do Loreto, 2. Lisboa.

Pasteis de nata

Restaurante Mili –> Unos pescados muy bien cocinados y un arroz al curry rico. Fusión comida india y portuguesa. Te dicen que comentes en TripAdvisor :).  Calçada de Santana, 41. Lisboa.



Roda viva. Restaurante moçambicano –> En Alfama está este restaurante coqueto regentado por un chico la mar de simpático y donde comimos platillos típicos mozambiqueños muy curiosos. Beco do Mexias, 11.

 





Time Out Market –> Este antiguo mercado ha sido reconvertido en gastromercado por Time Out. Un montón de puestos dulces, salados, veganos, sin gluten, carne, pescado, nuevas tendencias,… Para todos los gustos. Mercado da Ribeira. Avda. 24 de Julho.   


En Sintra:

IMG_0806

Casa Piriquita –> Unas queijadas que te mueres de buenas, hechas con mucho amor y saboooor. Contundentes y densas, recordad que no se parecen en nada a los pasteis de nata. También tienen otros dulces ricos.  Rua Padaria, 1. 

IMG_0704
Queijadas

En Coimbra:

A Cozinha da Maria –> Allí cenamos un guiso llamado chafana, hecho con carne de cabra y vino, que nos resucitó después del frío que pasamos paseando. Además cayó un naco de porco, carne de cerdo asada, acompañada de patatas. Para terminar, una tarta de almendras, la mejor que he probado jamás!. Rua das Azeiteiras, 5.

En Oporto:

IMG_0679

Casa portuguesa do pastel de bacalhau –> Hacen unos pasteles tipo croqueta, muy cremosos y muy buenos. Si te tomas un par de estos y una cerveza, has cenado. No tiene sitio para sentarse, hay que comérselo de pie.

Bar Primor–> No recuerdo su nombre, no sé si se llamaba Primor, pero hacían una francesinha que estaba riquísima y un bacalhau a bras buenísimo. Allí comimos el día de Nochevieja, y nos llenamos tanto que no pudimos cenar 🙂 . Rua San Ildefonso, 288.

 

 

Y brindando con un vaso de oporto acaba nuestro viaje por tierras portuguesas.

IMG_0677

Bom apetite !

Anuncios

Bar David (Castillo del Moral, Gran Canaria)

Hoy hemos estado en el Castillo del Moral, al sur de Gran Canaria, comiendo en un barecito muy pequeño y familiar, que tiene un pescado fresquísimo. No tiene carta y te ponen el menú sin preguntarte lo que quieres. Sólo te peguntan la bebida.

El menú constaba de unas papas con mojo, una ensalada gigantesca y una parrillada de pescados variados (vieja, gallito, cabritilla).
Regado con una cerveza Tropical (de la isla).
Todo 20€ por persona. Para mí ha sido un poco caro, aunque las cantidades eran inmensas.
BAR DAVID Calle Párroco Román Navarro, 7, 35107 Castillo del Romeral, Las Palmas

FOTOS: Negativo en Sepia

wp-1465504180444.jpg   wp-1465504192799.jpgwp-1465504213982.jpg            wp-1465504221695.jpg

Gurugú de la Plazuela (Sigüenza)

FOTOGRAFÍA: Negativo en Sepia

Sigüenza era el siguiente alto en el camino de aquel viaje de Semana Santa. Una pequeña localidad a la que se llega desde Alcolea del Pinar por la CM-110, y ya sea por su situación en cuanto a carreteras se refiere o vaya usted a saber el porqué, la Ciudad del Doncel no es una ciudad “turistificada” y todavía tiene el encanto de los lugares que no han sido explotados.

Pensando que iba a estar ocupadísimo todo por ser fecha sacra, pudimos reservar en el mismo centro de la ciudad, a escasos metros del castillo y de la catedral, en una hospedería, Puerta Coeli se llama, muy recomendable por la amabilidad del personal y por los buenos precios.

IMG_20160528_103457
Vista desde la hospedería

La noche anterior habíamos cenado en un sitio de tapas que “ni fu ni fa” y la presente no queríamos que nos ocurriese lo mismo. Así pues, en nuestra búsqueda continua de locales diferentes y con productos finales que nos sorprendan, encontramos un sitio incomparable y creo que no existe sitio igual a lo largo de la geografía española y dudo que con mis palabras vaya hacerle justicia.

El Gurugú de la Plazuela es una taberna indefinible. Por lo pronto tiene mucha historia: situada en una casona típica del siglo XV, se decía que en ella vivía el verdugo de la ciudad, ya que estaba muy cerca de la cárcel. En 1649 se tiene constancia de la primera taberna, de Velasco, y desde entonces, hasta ahora, ha pasado por muchas manos, quedando finalmente bajo el mando de Alberto y de Belén, que sienten pasión por la cocina, la cultura, la historia y los perros a partes iguales. Y unas ganas enormes de hacer sentir feliz al personal que se deja caer por allí, como bien resume su lema: “calidad y calidez”. (Fuente: web)

Tiene una decoración muy particular, lleno de cosas que tienen su historia para dueños y gentes que lo frecuentan, y nada de lo que allí se encuentra está elegido al azar. Ciro es la mascota del Gurugú, y lo encontraréis en cualquier forma de expresión artística, un perrete muy bonico que se abrió un hueco en el corazón de los lugareños y representa los ideales de la taberna. Por eso tiene de particular que dejan entrar a perros buenos.

La noche que acabamos en esta taberna tan particular veníamos de pasar una jornada por la Castilla vecina y andábamos un poco cansadas, por lo que fuimos temprano a cenar. Quizá por esa razón pudimos coger un sitio en la barra. Las mesas estaban reservadas y los turnos de cenas ocupados (hay que reservar con antelación, ya que abre de jueves a domingo por la mañana). Pero como nos gusta estar en la barra más que a los periquitos, pues nos vino de mil amores, porque la interacción con los dueños fue más estrecha y pudimos preguntarle sin pudor todo lo que se nos pasaba por la cabeza. Y nos permitió participar en el fabuloso juego “Adivina qué ingredientes lleva”, en el que nos quedamos a uno de acertar, por cierto.

IMG-20160528-WA0000

Después de sentarnos en la barra y que el propietario nos explicase todos los productos que aparecían en la carta con mucho detalle, podríamos decir que se divide en varias partes: tiene una parte dedicada a la cocina medieval, muy cuidadosamente documentada gracias a  los dueños y a personas que desinteresadamente colaboran, y que para mí, es lo mejor de este sitio. Otra parte está dedicada a las setas y hongos, de muchas variedades, preparadas en forma de revuelto o cata. Y una última parte en el que tiene cocina moderna y clásica, interpretada al estilo del Gurugú.

IMG-20160528-WA0001
Mira la presentación de los pinchos medievales “Las delicias del juglar”

Elegimos, siguiendo los consejos del maestro tabernero, tres tapas medievales, el rabo de toro y el postre del peregrino, acompañado de unas cañas y una copa de vino de la zona.

  • El maravedí del obispo Barroso. Esta es la primera tapa medieval que probamos. El conjunto de la tapa y la explicación del dueño fue sensacional. Es una galleta en forma de maravedí, como su nombre indica, acuñada, y rellena de una pasta de boletus.
  • La delicia del juglar II: el regreso del juglar. Todo ingredientes medievales y especiado (no contemos con aquellos que se introdujeron después de 1492).IMG-20160527-WA0005
  • El manjar del Mío Cid, con el que jugamos a adivinar cuáles eran los ingredientes que lo componían.IMG-20160527-WA0006
  • El rabo de toro al vino en salsa de verduras, acompañado de arroz al vapor.IMG-20160527-WA0007
  • El postre del peregrino, donde también jugamos a adivinar los ingredientes que se habían utilizado para su elaboración
  • Para cerrar la cena, unos vasitos de limonada, receta seguntina.IMG-20160527-WA0010

La cena fue inolvidable, ya sea por la atención que nos brindaron los dueños, por el local, mágico, y por la actuación del juglar. Si pasáis por Sigüenza, haced un alto en el camino y pasad por el sitio, porque no existe otro igual, en el que se aúne historia, cultura, buena comida y ganas de hacer las cosas muy bien. Un sitio para ir y volver, una y otra vez.

El Gurugú de la Plazuela: Travesaña alta, 17 (junto a Plazuela de la Cárcel). Sigüenza

Camino a Guadalajara

Los viajes siempre son un buen momento. Te pones nerviosa pensando cómo será el lugar donde vas, cómo será el camino, dónde pararemos y sobre todo, cómo será su gastronomía. El día de antes también es importante, porque consultas en Internet posibles lugares que visitar, tomas nota, haces la maleta… Y si además es improvisado, mejor que mejor.

Aunque en este blog suelo hablar de restaurantes y demás, en este caso he decidió hacer una expcepción y contar todo el viaje, en agradecimiento a la tierra que tan amablemente nos ha acogido estos días. El caso es que el viaje, aunque no ha sido muy largo, sí lo hemos estirado mucho y hemos conseguido ver un montón de cosas. A ver cómo lo organizo. Por lo pronto ahí va el primer tramo del viaje, aunque apenas hay comida en él.

1er bocado –> La Roda

La ruta empezó por una parada en La Roda, en La Moderna, la confitería donde hacen los mejores miguelitos para mi gusto. Este pastelillo tiene su origen en la receta del rodense Manuel, que tras darle a probar a su amigo Miguel, decidió ponerle su nombre. El caso es que la crema del miguelito me chifla, porque no llega a ser como la crema pastelera, que lleva más huevo, la del miguelito parece que lleva más leche y es más líquida. Con ese hojaldre suave y mantecoso, nada recio, es un dulce que siempre hay que catarlo de nuevo, y pasar por esa confitería se ha convertido en una tradición.(Buen precio para buen desayuno)

LA MODERNA : Calle Alfredo Atienda, 6, 02630 La Roda, Albacete

2º bocado–> Torija (La Alcarria)

Tras hacer una visita rápida a la capital de la provincia, nos fuimos sin rumbo fijo  por la A2. Torija es un pueblecito en dirección Zaragoza una vez pasas Guadalajara. En la web de la Diputación leí que era bonito y que tenía un castillo medieval del siglo XI, así que nos desviamos un momento de nuestra ruta y paramos un rato allí. Echamos unas fotillos al castillo, de piedra grisácea y blanquecina, en una plaza rodeada de moreras, y lo rodeamos. Por allí pasó Camilo José Cela y existen recordatorios por todos los lugares de la zona, en los que se citan algunos fragmentos de su obra “Viaje a la Alcarria”. Una vez hechas las fotos pertinentes, nos fuimos a nuestra siguiente parada.

3er bocado –> Brihuega (La Alcarria)

Lo bueno que tiene la provincia de Guadalajara es que no tiene ese turismo exagerado que tienen otras provincias y su ritmo lento se agradece. Esto hace que encuentres pequeñas joyas como este pueblo de la Alcarria, un diamante en bruto y encanto a raudales. Su principal atractivo, reza un cartel que nos encontramos, es el agua, porque por allí pasa el Tajuña, afluente del Tajo, y la abundancia de agua se traduce en numerosas fuentes que salpican el pueblo: doce en el lavadero, y otras tantas en la plaza del Coso. Tiene también un jardincillo precioso donde nos encontramos a un señor de lo más amable, que se brindó a darnos algunos consejos de lo que visitar por la zona. Resultó ser también un visitante, y que todo lo que sabía se lo había contado un tal Luis, vecino del pueblo y guía turístico en ciernes. El caso es que nos dijo varios sitios para ver y mientras, nos contó, que él, alicantino y turista solitario, había ido de visita a casa de su hijo (que debía vivir por allí) y que, cámara en mano, se había echado a la carretera para ver todo lo que le permitían las ruedas de su descapotable. Tras una charla de lo más amena, nos despedimos, sin antes desear un buen viaje y dado mi gusto por visitar enterramientos nos fuimos a ver un cementerio de lo más pintoresco en el mismo pueblo. Cementerio, tanatorio e iglesia iban unidos y formaban un conjunto muy particular. Al cementerio se accedía por un arco que había a la derecha del tanatorio, y después de un breve pasillo, se llegaba a una explanada donde estaba las tumbas y se veía un paisaje espectacular. Así cualquiera descansa toda la eternidad. Mientras nos echábamos unas fotos con el paisaje de fondo, el señor apareció de nuevo para decirnos que si subíamos nos íbamos a sorprender. Y vaya si nos sorprendimos: sobre el tejado de la iglesia había otro cementerio, cuyo suelo y paredes estaban cubiertos de tumbas, tumbas que llegaban al 1750. Muy curioso.
El pueblo tiene un montón de tiendas de comestibles, donde venden la miel tan famosa de la zona y carnicerías donde puedes comprar cordero de primera. Lástima que ya hubiésemos comido.

4º bocado –> Cívica (La Alcarria)

image

Este señor del que hablaba antes nos dijo que a unos diez minutos de Brihuega y en dirección a Masegoso de Tajuña había una aldea abandonada que un monje decidió excavar en la roca. Y como no llevábamos un rumbo fijo, pues allí nos fuimos. Un rato después llegamos a la aldea, que casi se pasa de largo y no te das cuenta. Está situada a la izquierda y hay que dejar el coche en la derecha, porque no hay más espacio. El entorno es muy bonito, el río pasa por abajo y el conjunto de roca esculpida sorprende, ya que está en ruinas y un cartel triste y solitario prohíbe el paso. Además, está en venta. A la izquierda de las ruinas hay una pequeña cascada, y tras la cascada, la cueva de la Mora, donde cuenta la leyenda que un padre encerró a su hija para que olvidase a su amado cristiano.

FOTOS: NEGATIVO EN SEPIA

La ternasca (Zaragoza)

FOTOGRAFÍAS: Negativo En Sepia

La ternasca –>Calle Estébanes, 9, 50003 Zaragoza

Precio: sobre los 15-20 euros

 

El Tubo de Zaragoza es un viaje rápido por las tapas y raciones que puede ofrecer la gastronomía española en general y la aragonesa en particular. A ambos lados de las calles que conforman la zona se intercalan graffitis, terrazas, bares y hasta un cabaret ibérico. La cocina tradicional se mezcla con platos llegados de diferentes lugares del mundo. Por eso te puedes encontrar un tataki de atún, con una madeja de ternasco a la brasa o un cebiche (o un sushi de ternasco), todo en una misma carta. Eso lo puedes engullir en el sitio que cenamos la última noche de nuestro viaje: La ternasca. Con unas mesitas fuera forradas de césped artificial y decoradas con ovejas, la cena se antoja de maravilla.

image
href=”https://losbocadosefimeros.files.wordpress.com/2015/08/image19.jpg”> Oveja, caña y césped[/c

En el interior, la gente se mueve de un lado a otro buscando las tapas expuestas como si de un museo se tratase, y un bullicio constante alegra el ambiente. Lo típico de allí, el ternasco de Aragón, con denominación de origen, que genera tantos platos como se pueda imaginar, típicos o de fusión, y si no échenle un vistazo a la carta, que se van a quedar ojipláticos y con la boca hecha agua.
A partir de aquí, absténganse vegetarianos y veganos. Comenzamos jugando con unos churrasquitos de ternasco, una croqueta de jamón gigantesca y unos chorizos sobre un pan tostado de esos que amenazan tormenta, pero que merecen la pena. La partida no se puede jugar sin unas cañas bien fresquitas, las que te recorren el gaznate y mientras le vas dando gracias al inventor del serpentín.

image
https://losbocadosefimeros.files.wordpress.com/2015/08/image17.jpg”> Churrasquitos de ternasco[/captio
image
ttps://losbocadosefimeros.files.wordpress.com/2015/08/image16.jpg”> Croquetón de jamón

[/caption]

image
ps://losbocadosefimeros.files.wordpress.com/2015/08/image13.jpg”> Choricicos que barruntan tormenta

<[/caption]

Una vez damos cuenta de estos manjares, apostamos un poco más y nos decantamos por unos morros y una madeja de ternasco a la brasa. Esto último lo había visto muchas veces en el híper, pero, aunque soy una enamorada de las cosas rarunas, nunca me había atrevido a comprarlo. Los morros, están muy buenos, diferentes a los que había probado en la calle Laurel de Logroño y a los que probaría en Teruel. Y la madeja, está buena, pero quizá nuestra cota de grasa ese día ya está copada, y no lo disfrutamos igual que si lo hubiésemos comido al principio. No es nada caro, y relación calidad-precio, estupenda: cuatro bebidas, tres chorizos, un croquetón y los churrasquitos, 18 euros más o menos.

image
Morricos

[/caption]

osbocadosefimeros.files.wordpress.com/2015/08/image21.jpg”> Madeja con pan-tomate[/caption]

También quiero hacer una mención especial a los champiñones que comemos en El champi, un bar archiconocido en Zaragoza, donde sirven únicamente champiñones al ajillo con una gambita en la cúspide de esa montaña de hongos. La cerveza, artesanal, y muy fría, la sirven en unos botes de diferente procedencia, que junto a la tapa, ponen el toque original al sitio. El sitio no es caro, ya que tapa y cerveza no debe llegar a los 5 euros, pero no lo recuerdo muy bien.

cadosefimeros.files.wordpress.com/2015/08/img_0125.jpg”> Champis

 La cerveza en su tarrito y servilletero en El Champi

 

El viaje culinario por estas calles se completa con un viaje artístico a través de los graffitis que puedes encontrar a lo largo del Tubo, testigos mudos del ir y venir incesante de gente que se arremolina en las puertas y terrazas de los bares “tuberos”.

 

Galette, je t’aime! (Au pe’tit dolmen, Biarritz)

imageFOTOGRAFÍA: Negativo En Sepia

Au p’tit dolmen –>3 Avenue du Maréchal Foch, 64200 Biarritz, Francia

Formule menu midi –> 9,90 €

 

Biarritz se pavonea a lo lejos bañada en un mar de sol que le da a todo un color blanquecino. Esta ciudad que fue  antaño pueblo de pescadores balleneros, más tarde se convirtió lugar trendy entre la burguesía francesa y española, con sus balnearios y playas. Impresiona su arquitectura blanca mirando al mar y su costa rocosa salpicada de verde.
Hace calor, y la gente se agolpa en la playa, llena, para poder disfrutar de un trocito de arena donde poner el pareo y dorarse vuelta y vuelta.

image

Nosotros paseamos buscando un restaurante para comer, angustiados porque se acerca la una y media, y en Francia ya se sabe el problema que tenemos los españoles y la hora, que no casamos. Pero una crepería bretona nos salva de tener que comprar unos sandwiches prefabricados, que saben a bocadillo de plástico de los que tenías de pequeña en el supermercado de juguete.

image

La crepería Au p’tit dolmen es un establecimiento funcional y bonito, que tiene comida para llevar o un rinconcito muy mono para tomar allí. Prepara unos estuches muy cucos , unas cajas “formule plage” creo que se llamaban, en las que te pone todo lo necesario para un picnic en la playa, que está a diez minutos escasos. Para tomar allí tiene unas mesas puestas al estilo francés (muy juntas, muy juntas) y ofrecen un menú que incluye bebida, cidre bretonne (sidra bretona); una galette (cuya diferencia con el crepe que conocemos radica en el tipo de harina utilizada para hacerla, harina de trigo sarraceno); y un crepe dulce. Además de crepes y galettes, tiene helados caseros muy ricos.image
Para beber pedimos, junto con la jarrita de agua que ponen siempre, la sidra bretona, que se diferencia de la vasca que habíamos probado en que su sabor es más frutal, sabe más a manzana y tiene más burbujas.
imageLa galette que pedí tenía lo mejor de la Bretaña y la región de Saboya: una galette tartiflette. La tartiflette es una receta que apareció en los 80 como forma de promocionar el queso reblochon, y que se hace con patata cocida, lardons (trozos de panceta), cebolla frita, y todo en una bandeja de horno y sobre ella el reblochon cubriéndolo todo. Es una preparación que me trae muchos recuerdos y ligera como una pluma. La galette iba acompañada de unas hojas de lechuga hoja de roble, que en Francia suelen poner en casi todos los acompañamientos, con la vinagreta de mostaza de Dijon. Estaba realmente rico y me recordó, como la magdalena de Proust, a aquellos días en Grenoble, hace muchos, muchos años.

De postre, un crepe de nutella, para mí un clásico, que me hizo disfrutar un montón, ya que se diferenciaba perfectamente de la masa de la galette, siendo dulce y con un cierto toque de licor. Y la nutella, mítica e incomparable. Buenísimo.imageLos crepes y galettes, al igual que los cruasanes, no saben igual fuera del país galo. Los cruasanes con sabor a mantequilla son incomparables e inimitables, y no suelen utilizar aceites vegetales como utilizan aquí, que son veneno puro. La mantequilla, aunque sea muy calórica, le da ese sabor que no se puede encontrar en España. En cuanto a las galettes y crepes, ocurre lo mismo.

El café estaba bueno, aunque no nos acordamos que “un noissette” suele ser más fuerte que el cortado. Iba acompañado de una galleta bretona de mantequilla, y estos pequeños detalles siempre me hacen ilusión porque parece que complementa el café.image

Esta fue nuestra primera incursión culinaria en Francia. Aunque intentamos comer a la hora francesa, cada vez más, sobre todo en lugares turísticos, y para adaptarse a la demanda, sueles encontrar comida a cualquier hora.

Confit de Pau (Pau, Francia)

FOTOGRAFÍAS y TÍTULO: Negativo En Sepia

Chez Olive –>9 Rue du Château, 64000 Pau, Francia

Precio: sobre los 40 euros por persona.

La nacional que tomamos desde Bayonne iba dejando atrás extensos campos de maíz que se mecían al son del viento. Los carteles de la carretera nos mostraba pueblos mientras seguíamos el mapa con el dedo, y alguno que otro aparecía por sorpresa, como si lo hubiesen construido ayer (como decía mi cuñado), cosa que nos sorprendía, por la eficiencia y rapidez de los franceses a la hora de construir. Lo bueno de tomar una nacional es el poder pasar por pueblos que, con las autovías y autopistas, han quedado relegados a un simple nombre en un mapa de carreteras. Boulangeries, eran parada obligada para mi vista, ya que me fascina la facilidad que tienes en Francia para encontrar una panadería, y comprar unos buenos cruasanes “mantequillosos”, hasta en el pueblo más pequeño. Y los tabacs. De esos también hay muchos.
Junto a los maizales, alguna que otra granja que anunciaba volailles (aves de corral) nos daba una pista de cuál sería el ingrediente típico de la región. Confit, magret, foie-gras, poule au pot…

Cuando terminó la sucesión de pueblecitos llegamos a la villa de Pau. Es una ciudad pintoresca, en el valle del río Gave de Pau, situada en la región del Béarn y que pertenece al departamento de los Pirineos Atlánticos. La ciudad cuenta con un castillo que vio nacer a Enrique IV, rey de Francia y Navarra, del que cuentan que fue mecido en un caparazón de tortuga que aun se conserva en una de las salas .

Hasta allí nos llevó nuestro viaje por el País Vasco francés, a casa de unos amigos que nos acogieron muy amablemente. Para probar las buenas viandas de estas tierras nos reservaron una mesa, a una hora poco común para un estómago español, en un restaurante donde servían comida típica de la región. El coqueto restaurante estaba situado en un pequeño recodo de la rue du Château, bullicioso a la hora de la cena francesa.
El sitio elegido tenía una terraza , donde habían reservado la mesa, que mostraba el ir y venir de los habitantes de Pau, algo que a mí me fascina, ya que me gusta observar cómo es la vidilla de una ciudad. Y para eso, nada mejor que sentarse en una terraza y mirar a los que pasan, con sus conversaciones, sus vidas, y ese pequeño murmullo que se escucha en cualquier calle.

Chez Olive es un restaurante cuyas especialidades tienen que ver con el ingrediente estrella de la zona: les volailles. Se puede pedir a la carta o el menú, que sale mucho mejor, ya que los platos de la carta tienen casi el mismo precio. Hay dos menús: uno de 26 euros, que fue le que pedimos, y otro de 32.

IMG-20150809-WA0013
Una vez elegidos los platos el dueño nos trajo la caraffe d’eau , esa botella de agua que siempre ponen en todo restaurante francés, y que me encanta, porque no te obliga a pedir bebida si no quieres. Nos dispusimos a esperar mientras tomábamos una copita de vino de la zona, Henry IV Poule au Pot Béarn se llamaba, muy bien elegido por nuestros anfitriones.

IMG-20150809-WA0003
La velada transcurría de forma agradable, con el murmullo de la calle, la tardanza de los platos, y la amabilidad de quienes nos habían acogido en su casa.
Para abrir boca nos trajeron un “gazpacho”, dijo el dueño, muy amable, aunque se parecía más a un zumo de tomate. Fue lo único que no me gustó.

IMG-20150809-WA0002

Después llegó lo bueno. Y como a mí me gusta picotear de otros platos, pues comentaré dos menús diferentes.

Para comenzar salade au fromage de chèvre et sorbet à la tomate (ensalada de queso de cabra y sorbete de tomate). Presentado el queso sobre unas tostadas de pan de molde, esta muy rico, y el helado de tomate, aunque me recordaba a un pesto rosso, sobre la tostada, refrescaba el paladar. Todo iba sobre un lecho de lechuga de hoja de roble aliñada con una vinagreta que les sale genial a los franceses, con mostaza de Dijon.

IMG-20150809-WA0006
– El entrante de mi pareja era jambon de pays et gésiers confits (jamón curado ocho meses y molleja de pato confitada). En ocasiones es mejor no saber qué comes, para que los prejuicios no salpiquen la comida. El jamón, se puede decir, que como el serrano, ninguno, pero las mollejas, estaban muy buenas, y tenían un sabor impactante y fuerte.

IMG-20150809-WA0004
El segundo plato, para el que tuvimos que esperar tres cuartos de hora, era noix de boeuf cuite en pot-au-feu au foie de canard (redondo de buey cocido con foie). Se trataba de una pieza de carne, que se deshacía en la boca, sobre el cual descansaban dos grandes trozos de hígado de pato. Muy bueno. Iba acompañado de unas zanahorias cocidas con mantequilla sobre pasta brick, patatas cocidas con mantequilla y pimientos asados y un trocito de quiche.

IMG-20150809-WA0007IMG-20150809-WA0016-2

IMG-20150809-WA0015

– El otro segundo era confit de canard(cuisse) rôti sur sa peau (confit de pato asado con su piel). El acompañamiento era el mismo que en el anterior. Este plato fue el mejor de la cena, con la piel crujiente de la patica, que se deshacía en la boca a la vez que crujía como los peta-zetas.

IMG-20150809-WA0009

IMG-20150809-WA0008

El postre fue interesante. Me pedí pastis bearnais de Jacques et sa glace cremée au miel (bizcocho con una textura parecida a un brioche con pastis y helado de miel). Este bizcocho iba sobre crema inglesa, lo que le confería esponjosidad. El bizcocho sabía a pastis, un licor anisado, típico de la parte de Marsella, e iba acompañado del helado de miel, lo que hacía que el conjunto fuese fresco y muy dulce a la vez, sin ser pesado.

IMG-20150809-WA0012

– El tiramisú no me gustó especialmente. Estaba hecho con galletas de los Pirineos, pero llevaba algún licor que lo agriaba.

– También piqué de otro postre, l’île flotante (isla flotante), un postre también muy rico, y que siempre me fascina por la consistencia del merengue, que flota como un barco a la deriva en un mar de crema inglesa.

IMG-20150809-WA0011

Después de esta cena, y sabiendo que la cocina francesa no se distingue por el uso del aceite de oliva, sino por la mantequilla, oíamos como nuestras arterias inundadas de grasa se quejaban. Pero mereció la pena. Los días posteriores un poco de lechuga y listo.

En cuanto a Chez Olive, si bien es cierto que los platos estaban riquísimos, ensombreció la velada la tardanza entre plato y plato, que casi se podía hacer la digestión. Con la politesse característica, y aunque viésemos las caras de cansancio de nuestros anfitriones cerca de las doce de la noche (nos sentamos a las ocho y media), nadie se quejó, por lo que nosotros no íbamos a ser menos, y no dijimos ni pío.

Tras la copiosa cena, fuimos dando un paseo hasta castillo, que estaba iluminado por unas veladas que se celebran en verano, en las que cuentan, con un espectáculo de luces y sonido, la historia del castillo que gobierna desde lo alto, orgulloso, la ciudad de Pau.

Mientras, en alguna granja de la nacional D-817 a Pau, un pato nos miraba con odio.

 

**Merci Jean-Michel et Odile, Camille et Jose pour votre générosité.**

Ombú (Mallorca)

Fotos: Negativo en Sepia

Ombú –Passeig del Born, 5-7, 07012 Palma, Illes Balears

Teléfono: 971 21 43 87

Precio medio: 20 € /persona

Ombú es el nombre del sitio que elegimos para comer en Palma de Mallorca. Utilizamos un buscador conocido para ahorrarnos decepciones y algún que otro enfado. He de decir que este buscador, con sus opiniones, a veces acaloradas, puede reducir el abanico de posibilidades que se abre ante el viajero perdido en la inmensidad de nombres y menús que encuentra a su paso. También he de decir que quizá se pierde un poco el encanto, ya que la sorpresa o expectación que se puede generar se reduce a una serie de opiniones de viajeros que te guían a uno y otro lugar.

Y volviendo al lugar en cuestión, Ombú, fue una sorpresa generada a partir de la búsqueda infructuosa de lugares donde tomar comida autóctona. Hartas de tanta salchichen currywurst y plato combinado con patatas ultracongeladas, íbamos buscando por las calles de Palma cierto establecimiento donde daban tapas típicas mallorquinas, como el frit mallorquí o el pa amb olí, con tan mala suerte que al llegar comprobamos que ese día cerraba por descanso.

Nos quedamos paseando por la Plaza de la Reina, y reparamos, con interés, en un bar diferente a lo que había a su alrededor. Su carta, expuesta en la puerta, nos llamó la atención, porque, si en algo ha contribuido Masterchef es a conocer multitud de productos culinarios, antes extraños para mí. Además de nombres imposibles de platos.

El caso es que los camareros, muy simpáticos, nos invitaron a sentarnos en la terracica que tenía el local, muy mona. Y aquí he de remarcar la simpatía de las gentes de Mallorca invita a volver a la isla.

El Ombú toma el nombre de un árbol centenario que se sitúa en la misma plaza donde está el bar, aunque los mallorquines le llaman bellahombra, por la sombra que ofrece al caminante. La carta tenía un buen número de platos, todos con muy buena pinta, y optamos por unas patatas con espuma de sobrasada (no me iba a quedar yo sin comerla, aunque fuese de nouvelle cuisine), cuya salsa estaba estupenda; unas croquetas de pollo, en las que parecía que habían entremezclado la esencia misma de un cocido de nuestras madres; y un steak tartar que nunca me había atrevido a comer, por lo de la carne macerada, pero que mereció la pena, ya que el foie, la trufa y la mayonesa de jerez le daban un sabor muy rico. Para terminar, el postre. Este momento es un momento crítico, ya que los postres, en muchos bares, no suelen ser caseros, y si lo son, suelen ser de estos prefabricados, como los llamo yo, como las tartas de queso de polvos o el brownie que te lo intentan colar como casero. Pero estos postres, ciertamente, eran caseros y sabían a gloria divina. Pedimos un tiramisú, arriesgado en sí mismo, ya que en pocos sitios lo he probado bueno, y el huevo de chocolate, llamado huevo de oro, una suerte de huevo kinder casero, que se rompía con la cuchara, y en su interior contenía una mousse de chocolate riquísima.

La verdad es que si volviese a Palma, volvería a este resto-bar.
Al Ombú, para que me ofreciese sombra y unas tapas sorprendentes.

Cerveza y mapa

  

Steak tartar con foie, trufa y mayonesa de Jerez y patatas con espuma de sobrasada
Croqueta de pollo y pistacho

  

Huevo de oro
Tiramisú con chocolate blanco